Wednesday, July 15, 2020

Don Sapo


Cada vez que veo al licenciado Gonzalo González González en una esquina de los pasillos del palacio de mármol de la justicia criolla, me arrimo lentamente para escuchar una de sus anécdotas difíciles de creer, pero divertidas. Mientras se encuentra en los predios de las cortes, es la persona más asequible, no así en el mundo ordinario en el cual todos vestimos a cuerpo de camisa (yo siempre, porque soy el conserje). Por eso cuando lo veo en su acostumbrada pose huraña de hombre amargado y solitario en las barras, ni me le acerco para no sentir el rechazo de su desaire por nunca enterarse ni importarle recordar quién rayos lo saluda.  Es como si tuviera otra personalidad y viviera en otro mundo paralelo al suyo de abogado que es de donde le conozco mejor.  Este que conozco del tribunal es tan distinto, muy dispuesto a la cháchara pasillera entre sus colegas que se develan historias y hasta secretos como si nadie más los escuchara.  Mas si algo tienen esas paredes frías de mármol pulido, son oídos y ojos que lo captan todo y cuando menos te lo imaginas el juez ante el cual llevas un caso, se ha enterado por obra y milagro a través de un colega de esos que son como moluscos sin espina, y que como lapas se adhieren camuflajeados a tales conversaciones.
Puse mi mano sobre la frente, por el irremediable asombro ante la fatalidad ingenua de nuestro amigo, Gonzalo (y digo nuestro) pues también ustedes, sé que le han ido tomando cierta afección. Así que me le acerco poco a poco para advertirle que, frente a aquella sala, la 613, no desbocara cerreramente y sin filtro como acostumbra en la más absoluta ingenuidad sus más recientes experiencias. Sin embargo, ya era muy tarde, se habían conglomerado a su alrededor unos tres de sus colegas que de tan obesos hacían cortina y me fue imposible susurrarle mientras pasaba el estropajo disimuladamente, de que tuviera cuidado con lo que iba a decir precisamente frente a aquella sala de un juez con nombre paradójico de poeta iluminado. Tal circunstancia era como para golpearme doble o triplemente en la frente. 
Tarde al fin para evitarle aquel nuevo naufragio a Gonzalo no me quedó remedio que escuchar el relato en el cual irremediablemente se había embarcado.   
–Pues ustedes saben que tengo un hermano gemelo que no se conforma con sus líos para él solito, sino que le encanta compartirlos conmigo. ¿Verdad Bombanes?
–Recuerdo que le regalaste un carro aquí en este mismo pasillo le entregaste la llave frente a mí. –Le confirmó el Lcdo. Bombanes quien era uno de los presentes.
–¡Exacto! ¿Y tú sabes lo que hizo ese cabrón?
–A ver. –Dijo goloso por la información el Lcdo. Alan Brito, que de todos era el menos de fiar por resbaloso, chismoso y congraciador con quien repartiera el bacalao de turno.
Inocentemente Gonzalo prosiguió y contó que su hermano, quien se encontraba en un serio aprieto de reclamo de una pensión por alimentos, le había pedio de favor, ya que no podía llevarle el caso, que le conectara con una colega que lo representara. Gonzalo entonces, por aquello de no escuchar más los ruegos de su hermano le habló de una abogada que constantemente le había estado pidiendo que la invitara a comer al Restaurante Trilli Peppers, muy famoso y en boga para aquellos tiempos.
Resulta que Gonzalo, por lo aburrido que le resultaba permanecer en su oficina, atendía la misma desde la barra de aquel restaurante mientras deleitaba gustos cerveceros entre platos al gusto del lejano suroeste americano.  Única forma que había tenido este aguzado de conocer las lejanías allende los mares pues nunca en su vida había cogido vuelo que no fuera para visitar las islitas municipales de Vieques y Culebra.
–Concerté la cita con la licenciada Marbello, aprovechando que tenemos que discutir un caso. Así le pediré el favor de que lleve el tuyo. – Le dio la buena nueva un día a su hermano.
–Métele mano, pa’que me salga de gratis. – Le contestó aquel bribón a Gonzalo.
–Sí claro, no es a ti que te van a dejar calvo mientras duermes.
El fraterno personaje, se echó a reír y se fue dejándole a su no tan agradecido hermano, la tarea de aquel favor.  Gonzalo buscaría entonces, la forma de sobrellevar aquella cita de negocios y socialización sin que le comprometiera mucho su presencia en Trilli Peppers con aquella colega que le había insistido tanto en el auto convite. No eran para menos sus precauciones y debido recato, ya que se sospechaba de las intenciones de cazarlo de su colega.  Peor aún, temía de los celos extremos de su compañera sentimental para aquellos tiempos que era la peluquera de las jóvenes de la zona.  Muchas de ellas por ser estudiantes universitarias, trabajaban turnos parciales en Trilli Peppers. Pero como era para Trilli Peppers que la licenciada Marbello quería que la invitara, decidió Gonzalo que sería lunes a las once de la mañana cuando abría el local al público y no era muy concurrido por ser comienzo de semana y tan temprano en el día. Calculaba que la reunión no duraría más de una hora y al mediodía cuando empezara a llegar más gente él fuera saliendo del local.
Llegó entonces el lunes no tan ansiado por Gonzalo y allí a la hora exacta como acordado se encontró con la distinguida colega, que es así como se llaman entre abogados sean o no distinguidos y sabe Dios qué cosas los pueda distinguir entre ellos.
–¡Gonzalo! Por fin me invitaste a Trilli Peppers. Estoy en el estacionamiento. –Le anunció ella a través de su móvil.
–Hola, hola. Entra estoy esperándote en una mesa que adelanté nos separaran para evitar el bullicio.
Efectivamente, Gonzalo la esperaba con expediente sobre la mesa para discutir el caso que tenían pendientes y de paso hablarle a ella del hermano y su precariedad económica. Ella quiso primero socializar antes de entrar en detalles del caso y cuando llegó la mesera con un rostro recriminador le pidió que le trajera una copa de vino blanco, que de comer no quería nada por el momento. Gonzalo se sorprendió y le siguió la corriente, pero ya sabemos que él no es tan fino como para pedir vino blanco a esa hora y en su lugar rogó suplicante de una sonrisa a la joven que les atendía, que le trajera una lagarta que era como le llamaba a veces a su cerveza favorita.
–Aquí no servimos lagartas.
–Me refiero a la cerveza de la botella verde, aquí saben que les digo lagartas.
–Ah, ok. ¿Algo más?
–Sí, una sopa de papa y una orden de alitas como aperitivo. – Le sonrió a la mesera quien no demudó su rostro de te estoy vigilando.
            La joven no tardó en regresar a la mesa en la que estaban reunidos aquellos dos jurisconsultos, (también se les puede tratar elegantemente a los abogados con tales adjetivos y hasta decirles letrados). Dispuso para cada cual lo ordenado y no dejó de escuchar de lo que conversaban abogada y abogado mientras ella les servía.
–Hablamos después del caso, guarda ese expediente. Cuéntame más de ti de esa firma curiosa en tus mociones.
Gonzalo esperó a que la mesera terminara de servir y expresara la consabida letanía del servicio y las disposiciones para lo que se les antojara. Muy agradecido Gonzalo le dijo que por ahora todo estaba bien y una vez se fue alejando aquella chica sin sonrisa, retornó al dialogo con la compañera abogada que es otro término que entre ellos (los abogados), utilizan llamándose compañeros y compañeras, aunque se odien a muerte.
–¿La g? Soy el triple G de las leyes. – Le contestó jocosamente a la colega.
¿Y cómo es eso? –Genero, Ganando y Gozando. – Y soltó su peculiar carcajada que siempre contenía entre diafragma, tráquea y dientes a piano explayado. 
–¡Ay, qué gracioso Gonzalo González! – Le ripostó ella con muy pocas ganas de reírse mientras buscaba enfocar su mirada en algún lugar que no fuera la figura de su interlocutor.
Habían hablado de todo y de cuanta cosa menos del caso que les ocupaba. Sin embargo, la licenciada quería seguir hablando, se puso emocional y hasta le contó de sus cuitas poniendo su mano sobre la de Gonzalo en el mismo momento que aquel ser tan serio se acercaba a preguntarles qué iban a ordenar. Apresurada la abogada volvió a pedir otra copa de vino blanco y Gonzalo prosiguió con sus lagartas que para él sería la cuarta. Nuevamente brindaron, mientras Gonzalo recordaba las palabras de su hermano y se reía en sus adentros porque miraba y miraba a la letrada que de frente tenía y no había manera que ella le inspirara. Pensó en aquellos dientes de su colega que mostraba al hablar y le parecieron afilados como los de una piraña.  Entonces una fantasía golondrina quizás por el efecto de la cerveza o su imaginación salvaje, le pareció que aquella señora podía producirle serias heridas que aquí no podemos comentar de aquella mente cochambrosa del amigo Gonzalo.  No obstante, este no se dejó arrastrar como ella pretendía al pantano de un tema que para Gonzalo fue siempre prohibido y ello era hablar de otras personas y más colegas que no estuvieran presentes. Pero ella insistió.
–Te digo Gonzalo, que ella es una creída, presumida... 
–No hablo de personas que no están presentes. 
–Pero yo sé que no te llevas con ella.
–Tú no sabes. Yo me llevo con todo el mundo. Allá cada cual, con su personalidad, que yo tengo la mía y se que no soy precisamente un billete de cien dólares.
–No te hagas. ¿Tú sabes que ella está saliendo con Checho el licenciado, el hermano de Chucho?
–¿En serio? De verdad que no me importa. Allá cada cual con su vida.
–Pero es casada…
–De verdad, no hablo de nadie a sus espaldas. Mejor vamos a trabajar el caso y discutamos las ofertas sobre la mesa.
Repentinamente, la licenciada Marbello se quedó en silencio y su mirada se perdió como si necesitara efectivamente sacarse algo de lo más profundo y Gonzalo se empezaba a sentir incómodo pues pensaba que quizás debió dejarla que prosiguiera con el chisme, quizás escucharla, que se sacara aquella espina que muchas personas se guardan de otras, pero sin atreverse a confrontarlas directamente.
–¿Estás bien? –Le inquirió Gonzalo mientras esta vez le pasaba su mano sobre la de ella para consolarla.  Mala pata que la mesera sigilosa como serpiente se acercara y con la sobriedad de rostro más absoluta le preguntara que si quería otra cerveza de esas que él llamaba lagartas. Turbado retiró la mano de la de su desconsolada colega y esta le dijo que regresaba con un vengo ahora para ir al baño. El vengo ahora terminó en un casi no me esperes sentado pues fue después de casi media hora, ya con el lugar abarrotado de clientes que regresó a la mesa.  Muy callada, se sentó, se notaba muy extraña.  De momento no decía nada de nada a pesar de haber estado tan parlanchina hasta queriendo decir cosas que no se dicen de otras damas.  Un poco preocupado Gonzalo la observaba en aquel rostro demudado, parecía que en el baño hubiera visto un espectro que la hubiera espantado.
–¿Estás bien?
–Ujum.
–Yo no te veo bien. ¿Dije algo impropio?
–Um Um.
Gonzalo estaba sorprendido ante aquella imagen de la compañera abogada que apenas media hora antes no paraba de hablar de su prójima abogada y de momento estaba muda, contestando las preguntas de Gonzalo onomatopéyicamente.  Incluso, le pareció ver en aquel rostro la imagen de un recuerdo que grabó en los cuentos que su madre, la de Gonzalo, le hacía de niño. Se trataba aquel cuento infantil que tanto le encantaba escuchar en su niñez de un sapo presumido que quiso colarse en una fiesta en el cielo donde cada animal que fuera debía tener dentadura. Don Sapo, que era como se llamaba aquel personaje infantil no tenía por supuesto dientes, pero como no quería perderse la fiesta se hizo unos de cera que, para su infortunio, lo primero que sirvieron en aquel agasajo celestial fue la sopa más caliente que usted se pueda imaginar.  Al primer buche de sopa hirviendo los dientes se derritieron al instante y el pobre sapo ya no se atrevió a abrir la boca para hablar. Gonzalo miraba aquella imagen y era como ver al sapo de su más feliz infancia cuando su madre le contaba y le contaba el cuento cada vez que el futuro abogado lo pedía. Y entre recuerdos de aquel sapo presumido, que estiraba sus labios para mantenerlos cerrados, así la compañera abogada de Gonzalo tenía aquellos labios finos estirados hasta casi colgar cada comisura sobre cada una de sus orejas.  Parecía como si estuviera manteniendo una sonrisa de un misterio petrificado en su rostro.  Los labios, increíblemente estirados de manera hermética como si sus dientes se hubieran derretido como le pasó al sapo, contestando las preguntas ya impertinentes del despistado abogado hasta que de súbito y para susto de madre del pobre Gonzalo expulsó a chorro la abogada por su boca el vómito más insólito que se recuerde después de aquel de la película del exorcista. Vaciada de la inmundicia que había caído al suelo se excusó la licenciada inmediatamente con un es que no había comido nada. Y era cierto allí no había comido nada, sólo se había tomado dos copas de vino, pero aquello de tener el estómago vacío a Gonzalo no le cuadraba. No habrá comido lechugas, se dijo, pero de que comió definitivamente comió y mucho, el tanque lo tenía lleno antes de llegar al restaurante según se evidenciaba en el piso.  Como dicen los abogados para impresionar, el debris de aquel accidente lo evidenciaba todo.  
            Todos en el pasillo reían a carcajadas con aquella historia inverosímil que Gonzalo no terminaba de contar.
–Hay más. – Dijo. Pero de inmediato llamaron a sala y allí tanto el alguacil como el juez se acababan de enterar de la historia contada y no ansiaba más aquel juez que llegar a su casa para reprender a su tan distinguida esposa, la licenciada Marbello, pero primero iba a disponer del caso de Gonzalo quien de momento se sentía como aquel sapo con sus dientes derritiéndosele mientras apretaba la boca por contar lo que no debía.
Llamado el caso, el juez malhumorado le ordenó a Gonzalo remover de su cabeza la gorra a la vez que los presentes estallaban en risa al ver al abogado, coquipelado según prometido por la peluquera que lo afeitó la noche de aquel mismo día cuando después de tantas lagartas, se quedó profundamente dormido.

Thursday, December 20, 2018

María Se Puso Los Cuernos


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María se puso ella misma los cuernos. No era ella, según los parámetros culturales la más bonita, pero podía generar a la distancia la atracción necesaria que las bien puestas no lograban ejercer y no por falta de buenos atributos. Lo de María era magia combinada con un cuerpo ya en sus avanzados cuarenta; todavía muy bien proporcionada y no tan explorada como un día intuyó y descubrió su mejor amante, el locario de Jacinto. Callada y reservada tenía su música por dentro y fiel a su compromiso no se negaba a ninguna exigencia laboral por más estrambótica que la misma fuera. Exigencias de todos lados, no a todo el mundo le aguantaba groserías y mucho menos peticiones de hacer el ridículo en público. Jacinto tuvo suerte con ella, pues a nada luego que se conocieron esta se negó. Pero todavía falta contar de cómo fue que conoció al tal Jacinto.

A pesar de relacionarse esta historia con su trabajo, fue en su día libre que María, cuando esta de paseo por la capital, no le quedó remedio que buscar dónde aparcar ya que tenían la avenida que da a la ciudad vieja bloqueada. Decidió continuar ruta rumbo al casco de la ciudad amurallada a pie. De las dos rutas para caminar hacia el centro urbano, escogió pasar por el lado norte para poder admirar el oleaje bravo del Atlántico, y a su izquierda los no tan aguerridos manifestantes. Llevaban estos a cabo, una manifestación contra la infame Junta de Control Fiscal, impuesta desde Washington y que sin piedad iba dirigiendo a lo poco que quedaba de gobierno a mayores austeridades para el pueblo, sueldos y gastos de lujo para sus propios oficiales y funcionarios a costa de mayores impuestos y desangramiento infinito del bolsillo del consumidor y de todo el pueblo. Y allí mágicamente estaba Jacinto de quien en otras historias contaremos mucho más. Basta en este cuento decir que era un locario que a ella le llamó la atención a la vez que él no dejaba de relamerse por aquellas caderas cadenciosas de las cuales María hacía gala. La atracción animal fue simultanea aún de lejos cuando se divisaron el uno al otro. El abandonó la línea de piquete y ella redujo su paso para esperar cruzarse con él. Se miraron y de inmediato supieron en la complicidad de sus miradas que el eventual encuentro sexual sería inevitable. Cristina a gritos lo llamó desde la línea del piquete, él que nada que ver tenía con la Cristina, excepto compañeros de lucha, se excusó con María dándole su número para que le llamara, pidiéndole el de ella que se lo negó, pero le dijo que era cajera del supermercado Contigo.

- ¿En qué pueblo? - Jacinto preguntó a gritos mientras era halado por Cristina que lo retornaba a la línea de manifestación.

- ¡Compañero compórtese!

- ¿De qué tú hablas? - Pregunta luego de un balbuceo, confundido por la actitud de Cristina.

- ¿Cómo que de qué yo hablo? ¿No se da cuenta del papelón que está haciendo?

- ¡Nooo!

-Pues que está comportándose como un macharrán.

Jacinto la ignoró y se fue a viajar en pensamientos sobre María y cómo daría con ella, de tantos supermercados de la cadena Contigo. ¿En cuál de todos y en cual pueblo? No le tomó tiempo, el deseo mutuo o el destino los juntó y no estaba lejos de su pueblo. Se convirtió entonces Jacinto en asiduo cliente del supermercado, velando siempre la hora en que María fuera cajera para él hacer la fila de pago, saludarla e insistirle en que lo llamara. Conoció sin embargo en el mismo supermercado a otra cajera muy atractiva, parlanchina, pero casada. De todos modos, se hizo amiga de Jacinto y este le coqueteaba al igual que lo hacía con María. Esta al darse cuenta de los avances de su compañera se decidió a llamarlo para darle rienda suelta a los deseos carnales que mutuamente habían anticipado. No toca contar en esta historia los detalles de esos encuentros, pero prometo los mismos para otras historias que adelante se relatarán sobre estos dos seres que rompían monotonías y respectivas soledades para aquel entonces. Puedo adelantar sin embargo que desde que comenzaron aquellos encuentros de lujuria pura y sin inhibiciones, María superlativamente experimentó su mejor año como cajera, ganándose consecutivamente por doce meses la distinción de ser la mejor de cada mes. Y por cada mes nunca protestó vestirse con el disfraz o la indumentaria que a su patrono se le antojara. De enero a diciembre doce días que tuvo que vestir de recién nacida, de querubín con arco y flecha, de santa, de conejo de pascuas y así sucesivamente según el tema del mes. No importaba lo estrafalaria que fuera la indumentaria, María lealmente la vestía siéndole siempre fiel a su patrono.

Sin embargo, hoy en víspera de Navidad cuando María sigue soñando en un ascenso de nivel en la relación con el locario de Jacinto, pensando que la ha tenido de esclava sexual, macharrán insulso, piensa ella que es el tipo; pero reflexiona a su vez, que el Jacinto nunca pasó por otra caja para pagar que no fuera donde ella estuviera. Por su parte este, que al cabo de tanto tiempo no baja la intensidad y los deseos de yacer con ella, ha regresado como siempre al supermercado, este mismo veinticuatro de diciembre anticipando verla en el disfraz del momento para invitarla, para sonsacarla, para convencerla a otro encuentro. Va recorriendo pasillos ausentes de ella hasta finalmente dirigirse a la caja a hacer el pago de los artículos del momento previo a la Noche Buena. María en su casa, con los cuernos de venado ya puestos, se mira al espejo para ver la mueca que el reflejo le devuelve, su rostro en llanto ya incontenido, dolida y traicionada por un patrono de supermercado que ahora obligaba a su Jacinto como también a Cristina y a cuanto consumidor que llegue a Contigo a trabajar de gratis con aquellas frías cabronas máquinas que la mandaron como a otra más a las filas infinitas del desempleo. C. augustopoderescopyright C. 2018 

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Saturday, December 8, 2018

El Hombre a Pedazos


El Hombre a Pedazos

Estaba el hombre, con su machete afilado, cortando las puntas de un coco de agua de los cientos que derribó el huracán a su paso.  Agua y comida en aquellos cocos, tenía el hombre para sobrevivir a la escasez que la desolación del ciclón había dejado a través de toda su Isla y en aquel recodo paradisiaco que era su finca donde la fronda fue sustituida de un día para otro en un paisaje surreal que intuía un desierto repentino color de arena eterna. El acceso a lugares donde pudiera abastecerse de agua o comida estaban bloqueados y en realidad, aunque los caminos hubieran estado despejados, el hombre no tenía suficiente dinero si de casualidad encontraba un mercado abierto para abastecerse de todo lo que carecía. La desolación había traído consigo también silencios antiguos que gritaban recuerdos y fulminaban imágenes de tiempos remotos harto olvidadas.  No sólo la vegetación se había transformado en un abrir y cerrar de ojos, sino también la acústica del campo en una ausencia muy triste de trinos y susurros de las aves que fueron arrasadas, resultando ello en cierta reminiscencia de campos santos de absoluto silencio. No habitaba en aquel bosque o lo que quedaba del mismo, otra alma con la cual dialogar hasta que repentinamente, casi al dar el último corte para dejar al descubierto el caparazón que lo separaba del agua exquisita que guardaba el coco, oyó una voz.

--¡Hombre!

El hombre, miró a todos lados, a Norte, Sur, Este y Oeste y no vio a nadie que pudiera estar hablándole. Ignorando, entonces aquel llamado, pensó que debió ser su imaginación producto del cansancio, el hambre y lo más probable la sed. ¿No era para ello que precisamente pelaba con su machete aquel fruto verde, para saciar la terrible sequía que sentía hasta en el alma? Pero la voz volvió, esta vez con más ímpetu.

--¡Hombre!

Entonces el hombre, presto a lanzar el siguiente machetazo, advirtió que quien le retaba a hablar era su mano izquierda que a su vez sostenía el coco que diestramente su mano derecha, en completo mutis macheteaba.

--¿Qué? – Le respondió el hombre con la naturalidad de aquellos que de uso y costumbre responden a un interlocutor harto familiar.

--¿Quieres apostar?

El hombre permaneció pensativo un instante. El mero hecho de contestar, un si o un no daría lugar a un escalamiento en el reto que representaba la mano. Una explicación resultaría en una invitación a un dialogo y por ende a una elaboración de aquella invitación tan repentina. Su meta inmediata era terminar de pelar aquel coco, hacer el correspondiente orificio y tomarse la deleitosa agua. Sin embargo, terminó vencido ante la tentación insistente de aquella mano que en lugar de sostener el coco comenzaba a temblarle esperando la respuesta del hombre.

--No quiero apostar, déjame quieto.

--Ay, no quiero apostar, déjame quieto. ¡Pussy!

El hombre, un tanto molesto, más que impresionado o curioso, decidió replicarle a la insidiosa siniestra, con mayor determinación.

            --Vamos a ver. ¿Qué tienes tú, para apostar?

            --¿Qué tienes tú? – Replicó la zurda con descarada soltura.

            --Tengo todo, sin embargo, no creo que tengas nada que apostar. – Le contestó el hombre sin abandonar su sobriedad.

            --Te equivocas, tengo más de lo que imaginas, Incluso te puedo poner como objeto de la apuesta misma. Tú no puedes apostarte a ti, sin embargo, yo te puedo apostar como puedo apostarme a mí misma como mano, pero si quieres podemos empezar apostando poco, algo así como un dedito. ¿Qué te parece?

El hombre sonrió y pasando el cabo de su machete a la izquierda se prestó a amolar la hoja del mismo que ya de por si lucía un destellante filo.

--Amuela bien, para que no duela donde cortes.

--Definitivamente y recuerda que nunca fallo. Siempre corto por donde quiero y lo que quiero del primer zarpazo.

--Gracias a mí que te asisto.

--Puedo utilizar el machete y cortar sin tu asistencia.

--¡Ja! Eres un presumido y acabas de pronunciar efectivamente las palabras que te harán perder la apuesta. Estás hecho de palabras, pero no las ordenas siempre adecuadamente.

--¿Qué sabes tú? Eres nada más que una simple mano. De palabras se yo. -- Le dijo irritado el hombre y mientras alzaba el machete para azotar el caparazón externo del coco se dirigió nuevamente a la mano.

--Sostén bien el coco pues si te apuesto que daré el corte preciso para estar listo a tomarme el agua.

--Vas a fallar, tonto.

--¿Apuestas cual dedo?

--Te apuesto la mano entera, pero si fallas, decidiré que parte de ti has de cercenar.

--Trato hecho. – Y lanzando el hombre, el machete con todo furor hacia la última mecha de coco que quedaba por mondar, la mano mañosa, abrió sus dedos dejando sin balance la fruta que rodó, de tal manera que el machete filoso siguió viaje hacia el suelo no sin antes llevarse el pie izquierdo del hombre que dio un grito de profundo dolor.

--¡Perdiste y por partida doble! – Se apresuró a decir la mano sin validar dolor alguno en el hombre.

El hombre, en total rebelión volvió a levantar el machete y con mayor ímpetu la emprendió contra la mano que oronda celebraba su triunfo y la cercenó desde la muñeca misma. Entonces, el hombre manco, cojo y abatido, procuró sentarse sobre el tronco de una ceiba, olvidándose del agua de coco que tanto apeteció tomarse y distrajo su mirada hacia el nuevo horizonte que parecía yermo. 

--¡Al fin solos! Ella perdió la apuesta conmigo, no te preocupes. – Por fin la diestra que había permanecido muda todo este tiempo, reveló al hombre con su expresión quien había originado aquella descabellada apuesta.

El hombre amargado, la ignoró y pensó que había terminado siendo víctima y prisionero no de la zurda, pero de la derecha y volviendo de lo profundo de sus pensamientos, saboreaba la dulzura del agua y la felicidad de sus fantasías literarias. Se dijo que cuando regresara la electricidad, escribiría este cuento de las manos apostadoras.

Epílogo

Todavía, sin embargo, reflexionaba el hombre en posibles finales para el cuento y en cuantas partes habría de cercenar su propio cuerpo a partir de la infinidad de posibles apuestas, sobre el final que merecía aquella fantasía surgida en la faena de obtener el agua del coco. Imaginó cortes sin fin, hasta quedar la mano sola empuñando el machete sin tener nada más que cortar, triunfadora mano derecha u hombre sin mano y sin nada, alternando así títulos sin fin dentro de las probabilidades de cercenamientos. Bastó entonces cuando pudo, bajar al pueblo para hacer la consabida fila, preámbulo de la nueva rutina post huracán y requisito para entrar a comprar los limitados productos que en el mercado tenían disponibles debido a la crisis.  La línea se veía insufrible y sin remedio, sólo se remediaba con ver que seguían llegando otros para hacerle uno más entre los muchos que esperaban en fila para entrar al supermercado que con el huracán se había convertido en un simple mercadito. Un hombre de mediana estatura y tez curtida por la dureza de una vida que en apariencia había llevado, le hizo siguiente en turno arrebatándole así el último puesto que nadie quiere. Era aquel de tosco hablar y de miserias las anécdotas que tenia de su vida. Sin prestar mucha atención a lo que el otro narraba, el hombre en la fila distrajo sus pensamientos quedando a forma de fuego cruzado entre conversación entablada por aquel otro último y la mujer que frente al hombre estaba en turno. Mas distraído no estaba el hombre a tal grado para ignorar lo que produjo el final de este cuento:

…--Yo dejé la bebida. Ya no bebo, porque cuando yo bebía me daba mucho coraje conmigo, me peleaba conmigo mismo y me cortaba pedazos. – Entonces el hombre miró con incredulidad y asombro la realidad de un pasado terrible de aquel otro que le mostraba a la mujer de enfrente, su mano izquierda cercenada en sus dedos y su pecho desfigurado por cortes que en otro tiempo se había hecho aquel hombre, no pelando un coco, pero peleando contra si mismo.

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Thursday, December 6, 2018

Macharán en Corte de Mármol


Macharán En Corte De Mármol

“Para ser amo de tu existencia lo único que has de aprender es a torcer el tiempo.” Augusto Poderes el 8 de noviembre de 2018



Con el cabello corto como si fuera una Juana de Arco de la justicia, la señorita fiscal avanza sudorosa en un andar de brinquitos por el pasillo de la sede judicial. Su tez de blanca nieve contrasta con los pantalones azabache ceñidos que lleva y que resaltan caderas que definitivamente son alusivos a estos lares del planeta. El cabello castaño obscuro en ondas que no disimulan ancestros impertinentes para sus gustos y preferencias recuerda al príncipe Zafiro con su rostro de mandíbula breve y labios carnosos de rosa clavel difíciles de tornar en otra boca y que le delatarán siempre. Distinto a la princesita rebelde de las tirillas cómicas que tenía que disfrazarse de príncipe para hacer frente al malvado conde y su secuaz el duque, la fiscal posmoderna va sin disimulo tras lo que quiere, sin otro disfraz que no sea el título que lleva de representante de una agencia que mal le nombran Departamento de Justicia.


La mirada de un aparente atolondrado se enfoca en la punta redonda de la nariz de la que no puede ocultar un desespero profundo. El distraído, como si todo lo que existiera en su universo fuera esa nariz, enfoca su mirada allí ampliando al máximo la única imagen cual la de un rocío impertinente que in situ se condensa a pesar del aire acondicionado que debe estar de seguro en los sesenta grados.  Ese frío tan intenso para el trópico alucinante que es este Caribe entre paréntesis llamado Puerto Rico sin embargo no la refresca, no le alivia la carga de pensamientos torturantes que la acusan de una negligencia, de una mala práctica pues tiene que terminar encausando a quien iba a ser un testigo estrella para atrapar a un asesino que anda suelto y se desconoce del mismo todo rasgo de identidad o sospecha mínima de quien pueda ser.

La sede judicial, templo monumental del lujo de la justicia de mármol, hechura humana del material frío que se le antoja al abogado de oficio, asociarlo con el de un gigantesco mortero que contiene a todos los allí presentes. Alguien tiene que quedarse como abogado defensor, piensa la fiscal con intensidad, tengo que salir de esto, agudiza en su flagelación interna mientras dirige sus pasos y su mirada al abogado que han nombrado de oficio. Tienes que persuadirlo, que no haga como los anteriores que nombraron y se escaparon con la excusa de ser todos amigos del policía herido en el incidente. Este infeliz no tiene amigos en el sistema, piensa ella, no podrá evadir el nombramiento. Frunce un tanto el ceño en su cavilar como reprimiendo pensamientos que no salten imprudentes al mundo indiscreto de las ondas sonoras.  

Compasivo, el atolondrado que realmente es tal abogado, la va leyendo, escrutando, auscultando con esa su curiosidad innata e inconsciente que inexorablemente le urge al deber como si fuera un ángel, también de oficio, a no dejarla desamparada, expuesta a su propia negligencia, a su error de tener por más de un año en el albergue de testigos, privado de libertad a un ciudadano al que sin asistencia de abogado, mientras se asistía ella, de otros fiscales y agentes, luego de meses en cautiverio y sin ninguna garantía procesal o de ley le ha de tomar una declaración jurada a ese negro pobre de turno en tan atípica circunstancia para a cambio de una promesa incumplida, plasmar toda una confesión de un crimen que no ha de tener otra prueba para el proceso judicial que la confesión más viciada que pudo haber tomado la señorita fiscal. Y ella, que bien sabe de su desvarío y de todo su departamento y su jefe directo, quiere salir a toda costa de su propio lío y que por fin uno de los tantos abogados nombrados de oficio no se rehúya y forme parte de la charada que hace más de un año ella comenzó.

Se le acerca y se presenta, fría desde su transpiración que ventila el mármol gélido de la sede judicial; y sugestiva, pregunta al letrado que la ha estado sondeando mientras sentado aguarda la señal que indique que la juez ha de hacer su entrada para él exponerle su situación.

-          Buenas tardes licenciado. Soy la fiscal a cargo del caso y quería saber si usted va a aceptar la designación de oficio y quedarse a ver la vista preliminar. Dígame que sí. – Le suplica.

-          Este es el segundo caso de asesinato que me asignan en menos de un mes. Ya la otra juez de vista preliminar me relevó cuando le expliqué que soy paciente de cáncer. La veo preocupada, si es para transacción pre acordada como me han comentado no tendría problema en quedarme.

-          Bueno tendría usted que hablar con el fiscal de distrito, pues hubo un acuerdo, pero la jefa de los fiscales está muy molesta con su cliente.

-          Eh…- la voz se corta al instante que el alguacil a boca de jarro anuncia el reinicio de los procedimientos. Todos de pie. Siendo las dos de la tarde el tribunal reanuda sus trabajos-

El alguacil que interrumpió el dialogo continúa con su letanía mientras el abogado, absorto en sus pensamientos, se levanta sin dejar de pensar en la señorita fiscal tan preocupada, su deber de abogado, de ser humano, de paciente de cáncer. Este, recientemente salió del hospital con una recomendación de cuidarse de los agentes cancerígenos como son el tabaco y el alcohol y por supuesto el stress. Hace siete años fue intervenido de emergencia por razón de un tumor canceroso de rápido crecimiento y de carácter agresivo. Desde entonces decidió limitar su práctica a casos de mínima tensión en el litigio. Como siempre, ensimismado en su mundo que bordea el espectro de lo que es un autista altamente funcional, posiblemente en el ensueño perenne de que sabe viajar en el tiempo se ha enfocado en esos pequeños detalles del rostro de la fiscal y siente una inmensa compasión por ella. Ella, con una cortesía poco acostumbrada y mucho menos ejercitada a ese pájaro tan extraño, que es el abogado que nadie entiende, el mismo que ha sido asignado de oficio a defender al negro pobre de turno por un asesinato estatutario, el que le ha dicho a la juez que él ya no ve esos casos, que es paciente de cáncer, le va ubicando en el caso para que este se sienta cómodo y se prepare para entrar en una vista preliminar que determinará si prosigue o no una acusación.

De inmediato el caso es llamado. Tanto abogado de defensa asignado de oficio y que para efectos del presente relato se ha de llamar Gonzalo González González, como la Srta. Fiscal hacen sus respectivas presentaciones para el récord y piden acercarse al estrado a dialogar con la juez.   

-          Licenciado, entiendo su preocupación, pero si usted quiere que le releven de la representación debió traer evidencia médica, un certificado de su condición de salud, de lo contrario no lo puedo relevar.

El licenciado González, se atiende a través de los servicios de la Administración de Veteranos y dicha agencia no da certificado alguno. Tampoco entiende que sea pertinente entregar un certificado cuando debe ser suficiente la alegación de su condición de salud. Ante tal disyuntiva y conforme a lo que la señorita fiscal le ha expresado de un acuerdo que se ha dejado sin efecto por pasión de la jefa de los fiscales, no le queda de otra al abogado pedirle entonces a la juez que le dé oportunidad de ir a hablar con el fiscal de distrito que es el jefe en función de la señorita fiscal. La juez entonces accede a conceder media hora para hacer toda la gestión.

-          Tiene media hora, vaya y hable con el fiscal de distrito y si logra un acuerdo, bien, si no pues tiene que ver el caso porque se supone que haya venido preparado. Receso hasta las dos y treinta de la tarde.

Apresurado el abogado sale del edificio de mármol para dirigirse al viejo complejo de oficinas gubernamentales que ahora alberga la fiscalía de distrito. Habla con el retén y pide entrevistarse con el jefe local de los fiscales que no es otro que el fiscal de distrito. Ya antes lo había intentado, pero fue en vana la gestión porque tenía que ser con cita. Esta vez le hace saber al retén que está allí porque la juez de vista preliminar le concedió media hora de la cual ya pasaron quince minutos. Le hacen esperar para finalmente al filo de las dos y treinta hacer la aparición el cocoroco local del Departamento de Justicia. Gonzalo que es un observador empedernido en los detalles, siente al ver al fiscal de distrito una sacudida de asombro en su materia gris al observar que el joven que una vez conoció como fiscal uno, de maneras humildes y lacónicas se había convertido en un personaje de tirilla cómica. No pudo evitar Gonzalo entonces la sensación de un secuestro al mundo de las caricaturas en el cual se le había de repente asignado un papel no digamos de segunda o tercera, sino de relleno para complacer los deseos infames de personajes que, de momento, siendo villanos habían tomado las riendas de todo lo que se apellidaba justicia y derecho. Vino a su mente la tirilla cómica de Dick Tracy, en la cual el tornillo o uno de los otros archi villanos se había convertido en jefe de la justicia, relegando al héroe al papel dispositivo y proforma de complacer las apariencias de un sistema judicial de carroña. Y así, siendo insultada la retina de Gonzalo tuvo este que soportar la caricatura que tenía de frente. Como un aparecido de los años cincuenta a destiempo en este siglo veintiuno, con cabello engominado, peinado de lado con línea exageradamente marcada sobre la altura de la testa que indicaría cualquier barbero decente y una indumentaria de cromatismo hiriente a la mente que regularmente medita sosiegos, se jactaba aquella simulación ridícula de ser cierto tipo de jefecito. Definitivamente alguien que vista de una chaqueta a cuadros ceñida a bíceps forzados con camisa violeta y corbata amarilla quiere distraer o llamar la atención de quien pueda ejercitar de mejor manera neuronas que le impugnen como consecuencia natural la falta de inteligencia de tal esperpento. El disfraz de payaso insultaba de antemano toda posibilidad a una comunicación inteligente que pudo tener Gonzalo con aquel ser creído en su fantasía de tirilla cómica. Así que la conclusión sugerida por el payaso en jefe de los fiscales sería:

-          Acá entre nos, licenciado González, vea el caso. Nosotros no tenemos ninguna prueba, la jefa de los fiscales está molesta con su cliente, pero de verdad no tenemos prueba excepto la confesión que se tomó como parte de un compromiso a cooperar con nosotros.           

Sin remedio y resignado, Gonzalo salió de aquel espectáculo surrealista dispuesto a ver la dichosa vista preliminar. Lo peor que podía pasar era que se determinara causa y entonces proseguir con los procedimientos de impugnación de la dichosa confesión viciada. Camino de regreso al tribunal rememoró otros tiempos cuando hacía casi treinta años con todos los bríos había comenzado a ejercer la profesión. Tan distraído como al principio en su mundo le daba con jugar a los tiempos y en lo que llegaba a sala viajó al futuro no tan lejano de unos meses hasta llegar al 8 de noviembre de 2018.

***

El aire gélido que acaricia el mármol liso y acicalado de todos los ocho pisos que componen la imponente estructura carga susurros sigilosos de quienes en secretillas se han contado y cuestionado el por qué de una renta millonaria para un centro judicial en una Isla tan empobrecida.

Dos voces por lo bajo susurran suave un coloquio de pasillo antes de que les llamen de sala sus respectivos casos.  Las voces que son perpetuas como corrientes de ríos, se van deslizando por las paredes del mármol jurídico como lenguas que le dieran brillo. Se trata de un abogado de la capital y un abogado local que sabe menos que su interlocutor respecto a los manejos administrativos del sistema operacional de los tribunales.

-          ¡Gonzalo! ¿Cómo estás?

-          Aquí tratando de sobrevivir. Atendiendo casos de oficio a pesar de haberme retirado hace siete años. Nos estamos muriendo de hambre, pero por lo menos tenemos centro judicial nuevo.

-          Está tremendo, por fin la Administración de los Tribunales les hizo justicia. ¿Cuánto paga esto de renta?

-          Un millón cuatrocientos mil dólares mensuales.

-          ¡Qué! ¿Y quién es el dueño de este templo?

-          Nadie sabe a ciencia cierta quién es, pero se dice que es un contribuyente y amigo bien cercano de un exjuez administrativo que utilizaba su oficina de altar para estrenar señoritas nombradas a la faena judicial. Ahora que ya no es juez, está de capa caída buscando quién le salude con sinceridad su amistad que nadie hoy ya quiere. De verdad que fue un energúmeno engreído. Un daña ropa que, si no es por la toga que vistió por veinte años, nunca hubiera roncado de machito como pretendía.

-          No me digas que estás hablando de... – Gonzalo interrumpe a su interlocutor.

-          Calla. Digamos el milagro, pero nunca el santo que estas paredes escuchan. Ese mismo, ahora exjuez, fue un puerco conmigo. Mira que un día otros “colegas” le fueron con un chisme de que yo había hablado de él por su forma festinada de resolver casos. Entonces el muy cobarde sin encomendarse a nada, despotricó para récord cuando llamaron un caso en el que yo había pedido turno posterior y no había llegado a tiempo.    

-          ¿Pero cómo va a ser eso?  – Gonzalo hablador como siempre prosiguió: 

-          Cuando por fin en mi ajoro logré llegar a sala, habían recesado. El juez había dado por concluido los trabajos de todo el día tan temprano como a las once de la mañana. El alguacil que estaba por cerrar sala me dijo que el juez quería hablar conmigo. Y qué no me dijo el muy desgraciado. Me recriminó que si yo era el abogado que se pasaba hablando de los jueces. Que había hablado de él a sus espaldas, que lo había vertido para récord y que me lo estaba dejando saber, que eso era todo. Decidí de inmediato que en el futuro dicha afrenta quedaría resuelta a mi favor y decidí desde entonces utilizar un pseudónimo para criticar al sistema y a jueces puercos como aquel.

-          ¿Y eso te ha ayudado en algo?

-          Todo depende como lo mires. Te puedo decir que sí en mi autoestima y no en mi vida material. Me ha costado mucha desazón y dinero que ha huido de mi y ni se diga amistades y familia.

-          ¡Vaya precio!

-          Sí, dímelo a mí. Pero aquí estamos. Aquí estoy de oficio para un juicio de asesinato que comienza hoy a pesar de que le he pedido al juez en varias ocasiones que por razones de salud me releve.

-          ¿Y por qué no te releva?

-          ¿La pregunta debe ser por qué me han metido en esto? Cada vez que tengo una situación extrema, me asignan un caso de asesinato para distraer atenciones. Ahora creo que es por un caso que tengo en apelación donde soy parte demandada y abogado, he impugnado a tres jueces y al sistema corrupto en una alegoría de caimanes en el sistema. Esta asignación de oficio coincide con ello. Hoy mismo radiqué una moción pidiendo un acomodo razonable o se provea garantías de seguridad y salud mientras veo el caso…

-          Gonzalo, nos vemos. Se me hace tarde. – Se oye mediante altavoces que llaman los casos.

La señorita fiscal que hace meses en el recuerdo viajero Gonzalo dejó de ser amable y cordial, se ha tornado en una fiera con animosidad más hacia este que hacia el mismo acusado. El mismo juez está más que sorprendido de los humores de la fiscal hacia el abogado pidiéndole a ella que abdique a su pasión. Han sido infructuosos todos los intentos de renegociar y establecer un preacuerdo para evitar ver un juicio en su fondo. Las células cancerosas bajo la tensión del tribunal han ido en ascenso desde que comenzó el proceso, Gonzalo lo plantea, mientras hace referencia a la última moción presentada en la cual señala que ha descubierto que, en el lujoso edificio de ocho pisos de reluciente mármol, no hay enfermería, enfermera, estetoscopio y ni siquiera una aspirina. Así lo ha planteado al juez. El juez bien entiende que el planteamiento de Gonzalo no es descabellado. La señorita fiscal no puede contener su ira. Le dice al juez que al cruzar la avenida hay un hospital. Gonzalo pide acercarse con la señorita fiscal al estrado, esta rechaza la invitación e incita a que los asuntos de salud los exprese Gonzalo en corte abierta. El juez sorprendido le dice a ella que la ley HIPPA protege al licenciado, esta recrimina y pide que se haga caso omiso a la falta de enfermería y recursos, que si le sucediera una emergencia médica a Gonzalo sería suficiente con llevarlo a un hospital cercano que está al cruzar la avenida. Gonzalo no puede creer que la señorita fiscal que representa precisamente al Estado para hacer cumplir las leyes esté invitando al tribunal mismo a violar leyes y reglamentos de seguridad y salud.

Entonces el juez, que repasa el expediente y verifica la trayectoria de este, lo cierra y toma una determinación. Blande su mallete, para asestar de arriba hacia abajo el martillazo jurídico. A Gonzalo le resuena en su recuerdo de futuro cercano a una eternidad que no termina oscilando el tiempo lento que tuerce tan inverosímil como si fuera un lienzo de Dalí de ajos por machacar. Y así finalmente, después de tanta vuelta, camino a la vista preliminar pudo vislumbrar el atolondrado de Gonzalo cómo ha de zafarse del macero y el mortero que es ese edificio maldito y en el cual será a otro que macharán en corte de mármol.

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