Thursday, December 20, 2018

María Se Puso Los Cuernos


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María se puso ella misma los cuernos. No era ella, según los parámetros culturales la más bonita, pero podía generar a la distancia la atracción necesaria que las bien puestas no lograban ejercer y no por falta de buenos atributos. Lo de María era magia combinada con un cuerpo ya en sus avanzados cuarenta; todavía muy bien proporcionada y no tan explorada como un día intuyó y descubrió su mejor amante, el locario de Jacinto. Callada y reservada tenía su música por dentro y fiel a su compromiso no se negaba a ninguna exigencia laboral por más estrambótica que la misma fuera. Exigencias de todos lados, no a todo el mundo le aguantaba groserías y mucho menos peticiones de hacer el ridículo en público. Jacinto tuvo suerte con ella, pues a nada luego que se conocieron esta se negó. Pero todavía falta contar de cómo fue que conoció al tal Jacinto.

A pesar de relacionarse esta historia con su trabajo, fue en su día libre que María, cuando esta de paseo por la capital, no le quedó remedio que buscar dónde aparcar ya que tenían la avenida que da a la ciudad vieja bloqueada. Decidió continuar ruta rumbo al casco de la ciudad amurallada a pie. De las dos rutas para caminar hacia el centro urbano, escogió pasar por el lado norte para poder admirar el oleaje bravo del Atlántico, y a su izquierda los no tan aguerridos manifestantes. Llevaban estos a cabo, una manifestación contra la infame Junta de Control Fiscal, impuesta desde Washington y que sin piedad iba dirigiendo a lo poco que quedaba de gobierno a mayores austeridades para el pueblo, sueldos y gastos de lujo para sus propios oficiales y funcionarios a costa de mayores impuestos y desangramiento infinito del bolsillo del consumidor y de todo el pueblo. Y allí mágicamente estaba Jacinto de quien en otras historias contaremos mucho más. Basta en este cuento decir que era un locario que a ella le llamó la atención a la vez que él no dejaba de relamerse por aquellas caderas cadenciosas de las cuales María hacía gala. La atracción animal fue simultanea aún de lejos cuando se divisaron el uno al otro. El abandonó la línea de piquete y ella redujo su paso para esperar cruzarse con él. Se miraron y de inmediato supieron en la complicidad de sus miradas que el eventual encuentro sexual sería inevitable. Cristina a gritos lo llamó desde la línea del piquete, él que nada que ver tenía con la Cristina, excepto compañeros de lucha, se excusó con María dándole su número para que le llamara, pidiéndole el de ella que se lo negó, pero le dijo que era cajera del supermercado Contigo.

- ¿En qué pueblo? - Jacinto preguntó a gritos mientras era halado por Cristina que lo retornaba a la línea de manifestación.

- ¡Compañero compórtese!

- ¿De qué tú hablas? - Pregunta luego de un balbuceo, confundido por la actitud de Cristina.

- ¿Cómo que de qué yo hablo? ¿No se da cuenta del papelón que está haciendo?

- ¡Nooo!

-Pues que está comportándose como un macharrán.

Jacinto la ignoró y se fue a viajar en pensamientos sobre María y cómo daría con ella, de tantos supermercados de la cadena Contigo. ¿En cuál de todos y en cual pueblo? No le tomó tiempo, el deseo mutuo o el destino los juntó y no estaba lejos de su pueblo. Se convirtió entonces Jacinto en asiduo cliente del supermercado, velando siempre la hora en que María fuera cajera para él hacer la fila de pago, saludarla e insistirle en que lo llamara. Conoció sin embargo en el mismo supermercado a otra cajera muy atractiva, parlanchina, pero casada. De todos modos, se hizo amiga de Jacinto y este le coqueteaba al igual que lo hacía con María. Esta al darse cuenta de los avances de su compañera se decidió a llamarlo para darle rienda suelta a los deseos carnales que mutuamente habían anticipado. No toca contar en esta historia los detalles de esos encuentros, pero prometo los mismos para otras historias que adelante se relatarán sobre estos dos seres que rompían monotonías y respectivas soledades para aquel entonces. Puedo adelantar sin embargo que desde que comenzaron aquellos encuentros de lujuria pura y sin inhibiciones, María superlativamente experimentó su mejor año como cajera, ganándose consecutivamente por doce meses la distinción de ser la mejor de cada mes. Y por cada mes nunca protestó vestirse con el disfraz o la indumentaria que a su patrono se le antojara. De enero a diciembre doce días que tuvo que vestir de recién nacida, de querubín con arco y flecha, de santa, de conejo de pascuas y así sucesivamente según el tema del mes. No importaba lo estrafalaria que fuera la indumentaria, María lealmente la vestía siéndole siempre fiel a su patrono.

Sin embargo, hoy en víspera de Navidad cuando María sigue soñando en un ascenso de nivel en la relación con el locario de Jacinto, pensando que la ha tenido de esclava sexual, macharrán insulso, piensa ella que es el tipo; pero reflexiona a su vez, que el Jacinto nunca pasó por otra caja para pagar que no fuera donde ella estuviera. Por su parte este, que al cabo de tanto tiempo no baja la intensidad y los deseos de yacer con ella, ha regresado como siempre al supermercado, este mismo veinticuatro de diciembre anticipando verla en el disfraz del momento para invitarla, para sonsacarla, para convencerla a otro encuentro. Va recorriendo pasillos ausentes de ella hasta finalmente dirigirse a la caja a hacer el pago de los artículos del momento previo a la Noche Buena. María en su casa, con los cuernos de venado ya puestos, se mira al espejo para ver la mueca que el reflejo le devuelve, su rostro en llanto ya incontenido, dolida y traicionada por un patrono de supermercado que ahora obligaba a su Jacinto como también a Cristina y a cuanto consumidor que llegue a Contigo a trabajar de gratis con aquellas frías cabronas máquinas que la mandaron como a otra más a las filas infinitas del desempleo. C. augustopoderescopyright C. 2018 

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