
A pesar de relacionarse esta historia con su trabajo, fue
en su día libre que María, cuando esta de paseo por la capital, no le quedó
remedio que buscar dónde aparcar ya que tenían la avenida que da a la ciudad
vieja bloqueada. Decidió continuar ruta rumbo al casco de la ciudad amurallada
a pie. De las dos rutas para caminar hacia el centro urbano, escogió pasar por
el lado norte para poder admirar el oleaje bravo del Atlántico, y a su
izquierda los no tan aguerridos manifestantes. Llevaban estos a cabo, una
manifestación contra la infame Junta de Control Fiscal, impuesta desde Washington
y que sin piedad iba dirigiendo a lo poco que quedaba de gobierno a mayores
austeridades para el pueblo, sueldos y gastos de lujo para sus propios
oficiales y funcionarios a costa de mayores impuestos y desangramiento infinito
del bolsillo del consumidor y de todo el pueblo. Y allí mágicamente estaba
Jacinto de quien en otras historias contaremos mucho más. Basta en este cuento
decir que era un locario que a ella le llamó la atención a la vez que él no
dejaba de relamerse por aquellas caderas cadenciosas de las cuales María hacía
gala. La atracción animal fue simultanea aún de lejos cuando se divisaron el
uno al otro. El abandonó la línea de piquete y ella redujo su paso para esperar
cruzarse con él. Se miraron y de inmediato supieron en la complicidad de sus
miradas que el eventual encuentro sexual sería inevitable. Cristina a gritos lo
llamó desde la línea del piquete, él que nada que ver tenía con la Cristina,
excepto compañeros de lucha, se excusó con María dándole su número para que le
llamara, pidiéndole el de ella que se lo negó, pero le dijo que era cajera del
supermercado Contigo.
- ¿En qué pueblo? - Jacinto preguntó a gritos mientras
era halado por Cristina que lo retornaba a la línea de manifestación.
- ¡Compañero compórtese!
- ¿De qué tú hablas? - Pregunta luego de un balbuceo,
confundido por la actitud de Cristina.
- ¿Cómo que de qué yo hablo? ¿No se da cuenta del
papelón que está haciendo?
- ¡Nooo!
-Pues que está comportándose como un macharrán.
Jacinto la ignoró y se fue a viajar en pensamientos sobre
María y cómo daría con ella, de tantos supermercados de la cadena Contigo. ¿En cuál de todos y en cual
pueblo? No le tomó tiempo, el deseo mutuo o el destino los juntó y no estaba
lejos de su pueblo. Se convirtió entonces Jacinto en asiduo cliente del
supermercado, velando siempre la hora en que María fuera cajera para él hacer
la fila de pago, saludarla e insistirle en que lo llamara. Conoció sin embargo
en el mismo supermercado a otra cajera muy atractiva, parlanchina, pero casada.
De todos modos, se hizo amiga de Jacinto y este le coqueteaba al igual que lo
hacía con María. Esta al darse cuenta de los avances de su compañera se decidió
a llamarlo para darle rienda suelta a los deseos carnales que mutuamente habían
anticipado. No toca contar en esta historia los detalles de esos encuentros,
pero prometo los mismos para otras historias que adelante se relatarán sobre
estos dos seres que rompían monotonías y respectivas soledades para aquel
entonces. Puedo adelantar sin embargo que desde que comenzaron aquellos
encuentros de lujuria pura y sin inhibiciones, María superlativamente
experimentó su mejor año como cajera, ganándose consecutivamente por doce meses
la distinción de ser la mejor de cada mes. Y por cada mes nunca protestó
vestirse con el disfraz o la indumentaria que a su patrono se le antojara. De
enero a diciembre doce días que tuvo que vestir de recién nacida, de querubín
con arco y flecha, de santa, de conejo de pascuas y así sucesivamente según el
tema del mes. No importaba lo estrafalaria que fuera la indumentaria, María
lealmente la vestía siéndole siempre fiel a su patrono.
Sin embargo, hoy en víspera de Navidad cuando María sigue
soñando en un ascenso de nivel en la relación con el locario de Jacinto,
pensando que la ha tenido de esclava sexual, macharrán insulso, piensa ella que
es el tipo; pero reflexiona a su vez, que el Jacinto nunca pasó por otra caja
para pagar que no fuera donde ella estuviera. Por su parte este, que al cabo de
tanto tiempo no baja la intensidad y los deseos de yacer con ella, ha regresado
como siempre al supermercado, este mismo veinticuatro de diciembre anticipando
verla en el disfraz del momento para invitarla, para sonsacarla, para
convencerla a otro encuentro. Va recorriendo pasillos ausentes de ella hasta
finalmente dirigirse a la caja a hacer el pago de los artículos del momento
previo a la Noche Buena. María en su casa, con los cuernos de venado ya puestos,
se mira al espejo para ver la mueca que el reflejo le devuelve, su rostro en
llanto ya incontenido, dolida y traicionada por un patrono de supermercado que
ahora obligaba a su Jacinto como también a Cristina y a cuanto consumidor que llegue
a Contigo a trabajar de gratis con
aquellas frías cabronas máquinas que la mandaron como a otra más a las filas
infinitas del desempleo. C. augustopoderescopyright C. 2018

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