Estaba el hombre, con su machete afilado, cortando las
puntas de un coco de agua de los cientos que derribó el huracán a su paso.Agua y comida en aquellos cocos, tenía el
hombre para sobrevivir a la escasez que la desolación del ciclón había dejado a
través de toda su Isla y en aquel recodo paradisiaco que era su finca donde la
fronda fue sustituida de un día para otro en un paisaje surreal que intuía un
desierto repentino color de arena eterna. El acceso a lugares donde pudiera abastecerse
de agua o comida estaban bloqueados y en realidad, aunque los caminos hubieran
estado despejados, el hombre no tenía suficiente dinero si de casualidad
encontraba un mercado abierto para abastecerse de todo lo que carecía. La
desolación había traído consigo también silencios antiguos que gritaban
recuerdos y fulminaban imágenes de tiempos remotos harto olvidadas. No sólo la vegetación se había transformado en
un abrir y cerrar de ojos, sino también la acústica del campo en una ausencia muy
triste de trinos y susurros de las aves que fueron arrasadas, resultando ello
en cierta reminiscencia de campos santos de absoluto silencio. No habitaba en aquel
bosque o lo que quedaba del mismo, otra alma con la cual dialogar hasta que
repentinamente, casi al dar el último corte para dejar al descubierto el
caparazón que lo separaba del agua exquisita que guardaba el coco, oyó una voz.
--¡Hombre!
El hombre, miró a todos lados, a Norte, Sur, Este y
Oeste y no vio a nadie que pudiera estar hablándole. Ignorando, entonces aquel
llamado, pensó que debió ser su imaginación producto del cansancio, el hambre y
lo más probable la sed. ¿No era para ello que precisamente pelaba con su
machete aquel fruto verde, para saciar la terrible sequía que sentía hasta en
el alma? Pero la voz volvió, esta vez con más ímpetu.
--¡Hombre!
Entonces el hombre, presto a lanzar el siguiente
machetazo, advirtió que quien le retaba a hablar era su mano izquierda que a su
vez sostenía el coco que diestramente su mano derecha, en completo mutis
macheteaba.
--¿Qué? – Le respondió el hombre con la naturalidad de
aquellos que de uso y costumbre responden a un interlocutor harto familiar.
--¿Quieres apostar?
El hombre permaneció pensativo un instante. El mero
hecho de contestar, un si o un no daría lugar a un escalamiento en el reto que
representaba la mano. Una explicación resultaría en una invitación a un dialogo
y por ende a una elaboración de aquella invitación tan repentina. Su meta
inmediata era terminar de pelar aquel coco, hacer el correspondiente orificio y
tomarse la deleitosa agua. Sin embargo, terminó vencido ante la tentación insistente
de aquella mano que en lugar de sostener el coco comenzaba a temblarle
esperando la respuesta del hombre.
--No quiero apostar, déjame quieto.
--Ay, no quiero
apostar, déjame quieto. ¡Pussy!
El hombre, un tanto molesto, más que impresionado o curioso,
decidió replicarle a la insidiosa siniestra, con mayor determinación.
--Vamos
a ver. ¿Qué tienes tú, para apostar?
--¿Qué
tienes tú? – Replicó la zurda con descarada soltura.
--Tengo
todo, sin embargo, no creo que tengas nada que apostar. – Le contestó el hombre
sin abandonar su sobriedad.
--Te
equivocas, tengo más de lo que imaginas, Incluso te puedo poner como objeto de
la apuesta misma. Tú no puedes apostarte a ti, sin embargo, yo te puedo apostar
como puedo apostarme a mí misma como mano, pero si quieres podemos empezar
apostando poco, algo así como un dedito. ¿Qué te parece?
El hombre sonrió y pasando el cabo de su machete a la
izquierda se prestó a amolar la hoja del mismo que ya de por si lucía un
destellante filo.
--Amuela bien, para que no duela donde cortes.
--Definitivamente y recuerda que nunca fallo. Siempre
corto por donde quiero y lo que quiero del primer zarpazo.
--Gracias a mí que
te asisto.
--Puedo utilizar el machete y cortar sin tu
asistencia.
--¡Ja! Eres un presumido y acabas de pronunciar
efectivamente las palabras que te harán perder la apuesta. Estás hecho de
palabras, pero no las ordenas siempre adecuadamente.
--¿Qué sabes tú? Eres nada más que una simple mano. De
palabras se yo. -- Le dijo irritado el hombre y mientras alzaba el machete para
azotar el caparazón externo del coco se dirigió nuevamente a la mano.
--Sostén bien el coco pues si te apuesto que daré el
corte preciso para estar listo a tomarme el agua.
--Vas a fallar, tonto.
--¿Apuestas cual dedo?
--Te apuesto la mano entera, pero si fallas, decidiré
que parte de ti has de cercenar.
--Trato hecho. – Y lanzando el hombre, el machete con
todo furor hacia la última mecha de coco que quedaba por mondar, la mano
mañosa, abrió sus dedos dejando sin balance la fruta que rodó, de tal manera
que el machete filoso siguió viaje hacia el suelo no sin antes llevarse el pie
izquierdo del hombre que dio un grito de profundo dolor.
--¡Perdiste y por partida doble! – Se apresuró a decir
la mano sin validar dolor alguno en el hombre.
El hombre, en total rebelión volvió a levantar el
machete y con mayor ímpetu la emprendió contra la mano que oronda celebraba su
triunfo y la cercenó desde la muñeca misma. Entonces, el hombre manco, cojo y abatido,
procuró sentarse sobre el tronco de una ceiba, olvidándose del agua de coco que
tanto apeteció tomarse y distrajo su mirada hacia el nuevo horizonte que
parecía yermo.
--¡Al fin solos! Ella perdió la apuesta conmigo, no te
preocupes. – Por fin la diestra que había permanecido muda todo este tiempo,
reveló al hombre con su expresión quien había originado aquella descabellada
apuesta.
El hombre amargado, la ignoró y pensó que había
terminado siendo víctima y prisionero no de la zurda, pero de la derecha y
volviendo de lo profundo de sus pensamientos, saboreaba la dulzura del agua y
la felicidad de sus fantasías literarias. Se dijo que cuando regresara la
electricidad, escribiría este cuento de las manos apostadoras.
Epílogo
Todavía, sin embargo, reflexionaba el hombre en
posibles finales para el cuento y en cuantas partes habría de cercenar su
propio cuerpo a partir de la infinidad de posibles apuestas, sobre el final que
merecía aquella fantasía surgida en la faena de obtener el agua del coco.
Imaginó cortes sin fin, hasta quedar la mano sola empuñando el machete sin
tener nada más que cortar, triunfadora mano derecha u hombre sin mano y sin
nada, alternando así títulos sin fin dentro de las probabilidades de
cercenamientos. Bastó entonces cuando pudo, bajar al pueblo para hacer la
consabida fila, preámbulo de la nueva rutina post huracán y requisito para
entrar a comprar los limitados productos que en el mercado tenían disponibles
debido a la crisis.La línea se veía
insufrible y sin remedio, sólo se remediaba con ver que seguían llegando otros
para hacerle uno más entre los muchos que esperaban en fila para entrar al
supermercado que con el huracán se había convertido en un simple mercadito. Un
hombre de mediana estatura y tez curtida por la dureza de una vida que en
apariencia había llevado, le hizo siguiente en turno arrebatándole así el
último puesto que nadie quiere. Era aquel de tosco hablar y de miserias las
anécdotas que tenia de su vida. Sin prestar mucha atención a lo que el otro
narraba, el hombre en la fila distrajo sus pensamientos quedando a forma de
fuego cruzado entre conversación entablada por aquel otro último y la mujer que
frente al hombre estaba en turno. Mas distraído no estaba el hombre a tal grado
para ignorar lo que produjo el final de este cuento:
…--Yo dejé la bebida. Ya no bebo, porque cuando yo bebía
me daba mucho coraje conmigo, me peleaba conmigo mismo y me cortaba pedazos. –
Entonces el hombre miró con incredulidad y asombro la realidad de un pasado
terrible de aquel otro que le mostraba a la mujer de enfrente, su mano
izquierda cercenada en sus dedos y su pecho desfigurado por cortes que en otro
tiempo se había hecho aquel hombre, no pelando un coco, pero peleando contra si
mismo.
“Para ser amo de tu existencia lo único que has de aprender es a torcer
el tiempo.” Augusto Poderes el 8 de noviembre de 2018
Con el cabello corto como si fuera una Juana de Arco
de la justicia, la señorita fiscal avanza sudorosa en un andar de brinquitos por
el pasillo de la sede judicial. Su tez de blanca nieve contrasta con los
pantalones azabache ceñidos que lleva y que resaltan caderas que
definitivamente son alusivos a estos lares del planeta. El cabello castaño
obscuro en ondas que no disimulan ancestros impertinentes para sus gustos y
preferencias recuerda al príncipe Zafiro con su rostro de mandíbula breve y
labios carnosos de rosa clavel difíciles de tornar en otra boca y que le
delatarán siempre. Distinto a la princesita rebelde de las tirillas cómicas que
tenía que disfrazarse de príncipe para hacer frente al malvado conde y su
secuaz el duque, la fiscal posmoderna va sin disimulo tras lo que quiere, sin
otro disfraz que no sea el título que lleva de representante de una agencia que
mal le nombran Departamento de Justicia.
La mirada de un aparente atolondrado se enfoca en la punta
redonda de la nariz de la que no puede ocultar un desespero profundo. El distraído,
como si todo lo que existiera en su universo fuera esa nariz, enfoca su mirada allí
ampliando al máximo la única imagen cual la de un rocío impertinente que in
situ se condensa a pesar del aire acondicionado que debe estar de seguro en los
sesenta grados. Ese frío tan intenso para
el trópico alucinante que es este Caribe entre paréntesis llamado Puerto Rico
sin embargo no la refresca, no le alivia la carga de pensamientos torturantes que
la acusan de una negligencia, de una mala práctica pues tiene que terminar
encausando a quien iba a ser un testigo estrella para atrapar a un asesino que
anda suelto y se desconoce del mismo todo rasgo de identidad o sospecha mínima
de quien pueda ser.
La sede judicial, templo monumental del lujo de la
justicia de mármol, hechura humana del material frío que se le antoja al
abogado de oficio, asociarlo con el de un gigantesco mortero que contiene a
todos los allí presentes. Alguien tiene que quedarse como abogado defensor,
piensa la fiscal con intensidad, tengo que salir de esto, agudiza en su flagelación
interna mientras dirige sus pasos y su mirada al abogado que han nombrado de
oficio. Tienes que persuadirlo, que no haga como los anteriores que nombraron y
se escaparon con la excusa de ser todos amigos del policía herido en el
incidente. Este infeliz no tiene amigos en el sistema, piensa ella, no podrá
evadir el nombramiento. Frunce un tanto el ceño en su cavilar como reprimiendo
pensamientos que no salten imprudentes al mundo indiscreto de las ondas
sonoras.
Compasivo, el atolondrado que realmente es tal abogado,
la va leyendo, escrutando, auscultando con esa su curiosidad innata e
inconsciente que inexorablemente le urge al deber como si fuera un ángel,
también de oficio, a no dejarla desamparada, expuesta a su propia negligencia,
a su error de tener por más de un año en el albergue de testigos, privado de
libertad a un ciudadano al que sin asistencia de abogado, mientras se asistía ella,
de otros fiscales y agentes, luego de meses en cautiverio y sin ninguna
garantía procesal o de ley le ha de tomar una declaración jurada a ese negro
pobre de turno en tan atípica circunstancia para a cambio de una promesa
incumplida, plasmar toda una confesión de un crimen que no ha de tener otra
prueba para el proceso judicial que la confesión más viciada que pudo haber
tomado la señorita fiscal. Y ella, que bien sabe de su desvarío y de todo su
departamento y su jefe directo, quiere salir a toda costa de su propio lío y
que por fin uno de los tantos abogados nombrados de oficio no se rehúya y forme
parte de la charada que hace más de un año ella comenzó.
Se le acerca y se presenta, fría desde su transpiración
que ventila el mármol gélido de la sede judicial; y sugestiva, pregunta al letrado
que la ha estado sondeando mientras sentado aguarda la señal que indique que la
juez ha de hacer su entrada para él exponerle su situación.
-Buenas
tardes licenciado. Soy la fiscal a cargo del caso y quería saber si usted va a
aceptar la designación de oficio y quedarse a ver la vista preliminar. Dígame
que sí. – Le suplica.
-Este
es el segundo caso de asesinato que me asignan en menos de un mes. Ya la otra
juez de vista preliminar me relevó cuando le expliqué que soy paciente de
cáncer. La veo preocupada, si es para transacción pre acordada como me han
comentado no tendría problema en quedarme.
-Bueno
tendría usted que hablar con el fiscal de distrito, pues hubo un acuerdo, pero
la jefa de los fiscales está muy molesta con su cliente.
-Eh…-
la voz se corta al instante que el alguacil a boca de jarro anuncia el reinicio
de los procedimientos. Todos de pie. Siendo las dos de la tarde el tribunal
reanuda sus trabajos-
El alguacil que interrumpió el dialogo continúa con su
letanía mientras el abogado, absorto en sus pensamientos, se levanta sin dejar
de pensar en la señorita fiscal tan preocupada, su deber de abogado, de ser
humano, de paciente de cáncer. Este, recientemente salió del hospital con una
recomendación de cuidarse de los agentes cancerígenos como son el tabaco y el
alcohol y por supuesto el stress. Hace siete años fue intervenido de emergencia
por razón de un tumor canceroso de rápido crecimiento y de carácter agresivo.
Desde entonces decidió limitar su práctica a casos de mínima tensión en el
litigio. Como siempre, ensimismado en su mundo que bordea el espectro de lo que
es un autista altamente funcional, posiblemente en el ensueño perenne de que
sabe viajar en el tiempo se ha enfocado en esos pequeños detalles del rostro de
la fiscal y siente una inmensa compasión por ella. Ella, con una cortesía poco
acostumbrada y mucho menos ejercitada a ese pájaro tan extraño, que es el
abogado que nadie entiende, el mismo que ha sido asignado de oficio a defender
al negro pobre de turno por un asesinato estatutario, el que le ha dicho a la
juez que él ya no ve esos casos, que es paciente de cáncer, le va ubicando en
el caso para que este se sienta cómodo y se prepare para entrar en una vista
preliminar que determinará si prosigue o no una acusación.
De inmediato el caso es llamado. Tanto abogado de
defensa asignado de oficio y que para efectos del presente relato se ha de
llamar Gonzalo González González, como la Srta. Fiscal hacen sus respectivas
presentaciones para el récord y piden acercarse al estrado a dialogar con la
juez.
-Licenciado,
entiendo su preocupación, pero si usted quiere que le releven de la
representación debió traer evidencia médica, un certificado de su condición de
salud, de lo contrario no lo puedo relevar.
El licenciado González, se atiende a través de los
servicios de la Administración de Veteranos y dicha agencia no da certificado
alguno. Tampoco entiende que sea pertinente entregar un certificado cuando debe
ser suficiente la alegación de su condición de salud. Ante tal disyuntiva y
conforme a lo que la señorita fiscal le ha expresado de un acuerdo que se ha
dejado sin efecto por pasión de la jefa de los fiscales, no le queda de otra al
abogado pedirle entonces a la juez que le dé oportunidad de ir a hablar con el
fiscal de distrito que es el jefe en función de la señorita fiscal. La juez
entonces accede a conceder media hora para hacer toda la gestión.
-Tiene
media hora, vaya y hable con el fiscal de distrito y si logra un acuerdo, bien,
si no pues tiene que ver el caso porque se supone que haya venido preparado.
Receso hasta las dos y treinta de la tarde.
Apresurado el abogado sale del edificio de mármol para
dirigirse al viejo complejo de oficinas gubernamentales que ahora alberga la
fiscalía de distrito. Habla con el retén y pide entrevistarse con el jefe local
de los fiscales que no es otro que el fiscal de distrito. Ya antes lo había
intentado, pero fue en vana la gestión porque tenía que ser con cita. Esta vez
le hace saber al retén que está allí porque la juez de vista preliminar le
concedió media hora de la cual ya pasaron quince minutos. Le hacen esperar para
finalmente al filo de las dos y treinta hacer la aparición el cocoroco local
del Departamento de Justicia. Gonzalo que es un observador empedernido en los
detalles, siente al ver al fiscal de distrito una sacudida de asombro en su
materia gris al observar que el joven que una vez conoció como fiscal uno, de
maneras humildes y lacónicas se había convertido en un personaje de tirilla
cómica. No pudo evitar Gonzalo entonces la sensación de un secuestro al mundo
de las caricaturas en el cual se le había de repente asignado un papel no digamos
de segunda o tercera, sino de relleno para complacer los deseos infames de
personajes que, de momento, siendo villanos habían tomado las riendas de todo
lo que se apellidaba justicia y derecho. Vino a su mente la tirilla cómica de
Dick Tracy, en la cual el tornillo o uno de los otros archi villanos se había
convertido en jefe de la justicia, relegando al héroe al papel dispositivo y
proforma de complacer las apariencias de un sistema judicial de carroña. Y así,
siendo insultada la retina de Gonzalo tuvo este que soportar la caricatura que tenía
de frente. Como un aparecido de los años cincuenta a destiempo en este siglo
veintiuno, con cabello engominado, peinado de lado con línea exageradamente
marcada sobre la altura de la testa que indicaría cualquier barbero decente y
una indumentaria de cromatismo hiriente a la mente que regularmente medita
sosiegos, se jactaba aquella simulación ridícula de ser cierto tipo de jefecito.
Definitivamente alguien que vista de una chaqueta a cuadros ceñida a bíceps
forzados con camisa violeta y corbata amarilla quiere distraer o llamar la
atención de quien pueda ejercitar de mejor manera neuronas que le impugnen como
consecuencia natural la falta de inteligencia de tal esperpento. El disfraz de
payaso insultaba de antemano toda posibilidad a una comunicación inteligente
que pudo tener Gonzalo con aquel ser creído en su fantasía de tirilla cómica.
Así que la conclusión sugerida por el payaso en jefe de los fiscales sería:
-Acá
entre nos, licenciado González, vea el caso. Nosotros no tenemos ninguna
prueba, la jefa de los fiscales está molesta con su cliente, pero de verdad no
tenemos prueba excepto la confesión que se tomó como parte de un compromiso a
cooperar con nosotros.
Sin remedio y resignado, Gonzalo salió de aquel
espectáculo surrealista dispuesto a ver la dichosa vista preliminar. Lo peor
que podía pasar era que se determinara causa y entonces proseguir con los
procedimientos de impugnación de la dichosa confesión viciada. Camino de
regreso al tribunal rememoró otros tiempos cuando hacía casi treinta años con
todos los bríos había comenzado a ejercer la profesión. Tan distraído como al
principio en su mundo le daba con jugar a los tiempos y en lo que llegaba a
sala viajó al futuro no tan lejano de unos meses hasta llegar al 8 de noviembre
de 2018.
***
El aire gélido que acaricia el mármol liso y acicalado
de todos los ocho pisos que componen la imponente estructura carga susurros
sigilosos de quienes en secretillas se han contado y cuestionado el por qué de
una renta millonaria para un centro judicial en una Isla tan empobrecida.
Dos voces por lo bajo susurran suave un coloquio de
pasillo antes de que les llamen de sala sus respectivos casos.Las voces que son perpetuas como corrientes
de ríos, se van deslizando por las paredes del mármol jurídico como lenguas que
le dieran brillo. Se trata de un abogado de la capital y un abogado local que
sabe menos que su interlocutor respecto a los manejos administrativos del
sistema operacional de los tribunales.
-¡Gonzalo!
¿Cómo estás?
-Aquí
tratando de sobrevivir. Atendiendo casos de oficio a pesar de haberme retirado
hace siete años. Nos estamos muriendo de hambre, pero por lo menos tenemos
centro judicial nuevo.
-Está
tremendo, por fin la Administración de los Tribunales les hizo justicia. ¿Cuánto paga esto de renta?
-Un
millón cuatrocientos mil dólares mensuales.
-¡Qué!
¿Y quién es el dueño de este templo?
-Nadie
sabe a ciencia cierta quién es, pero se dice que es un contribuyente y amigo
bien cercano de un exjuez administrativo que utilizaba su oficina de altar para
estrenar señoritas nombradas a la faena judicial. Ahora que ya no es juez, está
de capa caída buscando quién le salude con sinceridad su amistad que nadie hoy
ya quiere. De verdad que fue un energúmeno engreído. Un daña ropa que, si no es
por la toga que vistió por veinte años, nunca hubiera roncado de machito como
pretendía.
-No
me digas que estás hablando de... – Gonzalo interrumpe a su interlocutor.
-Calla.
Digamos el milagro, pero nunca el santo que estas paredes escuchan. Ese mismo,
ahora exjuez, fue un puerco conmigo. Mira que un día otros “colegas” le fueron
con un chisme de que yo había hablado de él por su forma festinada de resolver
casos. Entonces el muy cobarde sin encomendarse a nada, despotricó para récord
cuando llamaron un caso en el que yo había pedido turno posterior y no había llegado
a tiempo.
-¿Pero
cómo va a ser eso?– Gonzalo hablador
como siempre prosiguió:
-Cuando
por fin en mi ajoro logré llegar a sala, habían recesado. El juez había dado
por concluido los trabajos de todo el día tan temprano como a las once de la
mañana. El alguacil que estaba por cerrar sala me dijo que el juez quería
hablar conmigo. Y qué no me dijo el muy desgraciado. Me recriminó que si yo era
el abogado que se pasaba hablando de los jueces. Que había hablado de él a sus
espaldas, que lo había vertido para récord y que me lo estaba dejando saber,
que eso era todo. Decidí de inmediato que en el futuro dicha afrenta quedaría
resuelta a mi favor y decidí desde entonces utilizar un pseudónimo para
criticar al sistema y a jueces puercos como aquel.
-¿Y
eso te ha ayudado en algo?
-Todo
depende como lo mires. Te puedo decir que sí en mi autoestima y no en mi vida
material. Me ha costado mucha desazón y dinero que ha huido de mi y ni se diga
amistades y familia.
-¡Vaya
precio!
-Sí,
dímelo a mí. Pero aquí estamos. Aquí estoy de oficio para un juicio de
asesinato que comienza hoy a pesar de que le he pedido al juez en varias
ocasiones que por razones de salud me releve.
-¿Y
por qué no te releva?
-¿La
pregunta debe ser por qué me han metido en esto? Cada vez que tengo una
situación extrema, me asignan un caso de asesinato para distraer atenciones.
Ahora creo que es por un caso que tengo en apelación donde soy parte demandada
y abogado, he impugnado a tres jueces y al sistema corrupto en una alegoría de
caimanes en el sistema. Esta asignación de oficio coincide con ello. Hoy mismo
radiqué una moción pidiendo un acomodo razonable o se provea garantías de
seguridad y salud mientras veo el caso…
-Gonzalo,
nos vemos. Se me hace tarde. – Se oye mediante altavoces que llaman los casos.
La señorita fiscal que hace meses en el recuerdo
viajero Gonzalo dejó de ser amable y cordial, se ha tornado en una fiera con
animosidad más hacia este que hacia el mismo acusado. El mismo juez está más
que sorprendido de los humores de la fiscal hacia el abogado pidiéndole a ella
que abdique a su pasión. Han sido infructuosos todos los intentos de renegociar
y establecer un preacuerdo para evitar ver un juicio en su fondo. Las células
cancerosas bajo la tensión del tribunal han ido en ascenso desde que comenzó el
proceso, Gonzalo lo plantea, mientras hace referencia a la última moción
presentada en la cual señala que ha descubierto que, en el lujoso edificio de
ocho pisos de reluciente mármol, no hay enfermería, enfermera, estetoscopio y
ni siquiera una aspirina. Así lo ha planteado al juez. El juez bien entiende
que el planteamiento de Gonzalo no es descabellado. La señorita fiscal no puede
contener su ira. Le dice al juez que al cruzar la avenida hay un hospital.
Gonzalo pide acercarse con la señorita fiscal al estrado, esta rechaza la invitación
e incita a que los asuntos de salud los exprese Gonzalo en corte abierta. El
juez sorprendido le dice a ella que la ley HIPPA protege al licenciado, esta
recrimina y pide que se haga caso omiso a la falta de enfermería y recursos,
que si le sucediera una emergencia médica a Gonzalo sería suficiente con
llevarlo a un hospital cercano que está al cruzar la avenida. Gonzalo no puede
creer que la señorita fiscal que representa precisamente al Estado para hacer
cumplir las leyes esté invitando al tribunal mismo a violar leyes y reglamentos
de seguridad y salud.
Entonces el juez, que repasa el expediente y verifica
la trayectoria de este, lo cierra y toma una determinación. Blande su mallete,
para asestar de arriba hacia abajo el martillazo jurídico. A Gonzalo le resuena
en su recuerdo de futuro cercano a una eternidad que no termina oscilando el
tiempo lento que tuerce tan inverosímil como si fuera un lienzo de Dalí de ajos
por machacar. Y así finalmente, después de tanta vuelta, camino a la vista
preliminar pudo vislumbrar el atolondrado de Gonzalo cómo ha de zafarse del
macero y el mortero que es ese edificio maldito y en el cual será a otro que
macharán en corte de mármol.
El árbol favorito de todas las aves siempre fue el mangó. Era el lugar de reuniones, nocturnas y diurnas, para pájaros, insectos y toda clase de ser viviente que se antojara pasar un rato entre sus hojas fragantes. El mangó, sin embargo, había quedado despojado de todas sus hojas por lo cual no era refugio adecuado ni lugar seguro para nadie. Una vez comenzó a echar hojas, los pájaros se fueron acercando y entablando nuevas conversaciones sobre aquel evento tan terrible que había pasado por la Isla. Se acercaron allí pues, el San Pedrito, la Tórtola, la Sabanera, el Zorzal, la Alondra y todos los que usualmente durante el día asomaban como parte de su quehacer diario. Había algunos que estaban algo desplumados, como otros que sus plumas estaban aún erizadas del susto. Ello provocó la risa y la burla de algunos, a la misma vez que la reprimenda de los más sobrios.
---No te burles.
--No me burlo. Le replicó el pájaro carpintero a la tórtola mientras repicaba su risa al ver aquel pájaro recién llegado todo esmorusado.
--¡Cuidado, que nos está mirando! Le advirtió la tórtola al pícaro de carpintero.
--¿Le tienes miedo?
--Respeto. Además, no tengo por qué temerle pues no soy yo quien se ha burlado de su condición. Creo que es a ti que te mira.
--¿Sabes a qué familia pertenece? – Le preguntó un poco alarmado el pájaro carpintero.
--¿Te asustas ahora?
--Seguro. Mira como tiemblo. Parece que se te olvida con quien hablas.
--Hablo con el pájaro llorón que hace unos días no había quien lo consolara.
--¿Quién te ha dicho semejante mentira?
--Todo el bosque sabe el cuento. El día que la luna descendió, se enteró que volabas errante de árbol en árbol en llanto muy doloroso.
--No es cierto. Volaba celebrando que había vencido la huracanada.
La tórtola no pudo resistir y ronroneo una risotada que atrajo aun más la atención de aquel vecino que intentaba acomodar aun sus plumas en desorden.
--Ahora la asustada eres tú, Mira como se ha vuelto a mirarte. Creo que es un pichón de halcón. Mejor volemos a otro árbol, por tu seguridad.
--¡Eres un pájaro presumido! No le temo, y quien ya te dije debe temer eres tú.
--¡Eres una atrevida, tórtola! ¿Es que no has visto mi pecho?
--Ya se ese cuento. Contestó la tórtola mientras suspiraba y levantaba la mirada.
El pájaro carpintero se había mudado de rama para que el halconcillo no lo viera. Mientras la tórtola continuó en su sitio sin dejar de conversar con su presuntuoso amigo.
--A ver: cuéntame qué hay con tu pecho.
--¿No ves?
--Si, veo tu pecho rojo. Por eso te dije que ya se ese cuento.
--¿Sabes que es la sangre del huracán cuando lo maté?
--Si seguro, mezclada con la tuya. – Se burló la tórtola.
El pájaro carpintero estaba entrando en mal humor cuando de pronto vio sobre un cordel, un pájaro de plumas negras que definitivamente no era de los que entre ellos habitaba. Para distraer la conversación tan embarazosa, le señaló a la tórtola hacia el nuevo vecino.
--¿Ves a ese?
--No lo había visto nunca.
--¡Claro que no! Es un pájaro de pueblo, de ciudad. No sabe de tanto que lleva viviendo de las migajas de los humanos, lo que es la vida silvestre.
--Parece que su malhumor es mayor al tuyo.
--Muy graciosa. Déjame contarte la historia de ese pajarraco.
--Está bien, dale que esa no me la sé.
--Los humanos lo llaman chango, también se le conoce como Mozambique. Es un pájaro que se ha arrimado a los humanos sin hacerse amigo de estos como lo han hecho el perro y otros animales dóciles que interactúan con esa especie.
--¿No te gustan los humanos?
--¿No te gustan los humanos? – Repitió el carpintero con gran cinismo. No se trata de si me gustan o no. En todo caso: ¿Te has podido comer uno alguna vez?
--Está bien. No te enojes y continua, que ya tengo curiosidad.
--Bueno, resulta que ese pájaro, dejó de vivir como nosotros en los montes desde hace mucho. No debería considerársele vida silvestre pues como te dije, vive entre los humanos y depende de ellos.
--¿Y por qué este está ahí en ese cordel?
--Lo habrá traído el viento, pero definitivamente está más perdido que un juey bizco en un cerro.
--Es verdad.
--Estuve hablando con él el otro día. Al principio estuvo muy callado y evasivo, pero luego se soltó y me contó sus desventuras.
--Pues dale cuenta, que ya vas dando demasiada ronda.
--¡Vaya con esta tórtola tan chismosa! Pues ahí te va. Mira ese tipo no es de fiar. Si te has fijado en su pico y su poca gracia. Entre los humanos se las daba de pícaro y de ser el más listo en agenciarse la diversidad de comidas y bebidas que se le antojara.
--¿Y qué tiene de malo eso?
--¿No lo ves? Ni siquiera sabe lo que es un árbol, sus ramas y sus hojas. Sigue dependiendo del ingenio humano y se trepa en el cordel que ellos tendieron para lo que de nada les sirve ahora y peor aún, si nadie deja caer una migaja o desatender un buen plato, ellos no comen porque no saben otra cosa que depender de los humanos.
--Vaya con el pobre chango.
--Nada de pobre, sinvergüenza negador de su reino que es el muy bribón.
--Pero le bastará volver donde los humanos para volver a comer.
--Puede ser, pero esos humanos son muy parecidos al chango.
--¿Y?
--Que los humanos de los que el chango depende han quedado más desplumados que nosotros y también como aquel, olvidaron su vida silvestre.
--¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?
--Mira tórtola, ve y pregúntale.-
La tórtola curiosa, saltó de un vuelo al cordel que estaba no muy lejos y saludó al chango. Este inmediatamente, le contó su historia plañidera. Su historia le remontaba a la magia de la ciudad, los parques y las fuentes de los humanos donde todo era abundancia y bullicio. Le refirió el día terrible del gran huracán cuando fue transportado por un gran remolino a lugares que nunca había conocido hasta llegar allí. Le relató que había perdido a toda su familia y su bandada y que llevaba días sin comer. La tórtola conmovida comenzó a dudar de lo que le había contado a su vez su amigo el pájaro carpintero. En realidad, el pobre chango había sufrido. Pensó ella. El chango lloraba sin cesar un graznido totalmente nuevo para la tórtola que conmovida voló y picoteó la pulpa de un coco. En su pico asió un pedazo de coco que era buen alimento y voló hacia el chango. El chango al verla ansiosamente esperaba que la tórtola dejara caer el pedazo de alimento para él alimentarse. La tórtola, sin embargo, silvestre al fin, continuó de largo su vuelo y regresó a donde se encontraba primero cuando hablaba con el pájaro carpintero. El chango siguió contemplando el cielo, esperando que cayera como en otros tiempos, antes del huracán lo que fuera su alimento.
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Estaba la luna columpiándose y retozando entre espigas y ramas secas a la luz de la mañana. Parecía estar feliz a tono con el día que comenzaba en plenitud de luz con un cielo teñido de añil. El índigo celeste cubría todo el paisaje que se había convertido en una extensión dorada de tanta vegetación zarandeada y expuesta a los rayos inclementes del sol tropical.
Por lo regular, amaneceres soleados con sus cielos despejados, contrastaban con el paisaje regular de infinitas tonalidades del verde que todo bosque lluvioso contiene. El verdor, sin embargo, había desaparecido por causa del terrible huracán llamado María que azotó a la Isla entera, derribando árboles y a los que no, quebrándole sus ramas y deshojándoles en su totalidad. En fin, todo lo que fuera verde, aquel huracán se ensañó con ello y con toda furia sopló hasta dejar todo el bosque maltrecho.
La luna, no estuvo ajena al evento. En su juego al vaivén de las ramas y espigas, ella miraba a todos lados de aquel paisaje tan cambiado y sentía en su alma, que su alegría menguaba. Su alma soñadora, no obstante, le hacía recrearse en aquel nuevo paisaje de un contraste tan maravilloso de colores. El nuevo panorama, le traía recuerdos de tierras que todas las noches, ella visitaba en otros continentes lejanos a la Isla que tanto amaba.
De lejos la luna miraba y no lo podía creer que aquel huracán que malamente nombraron María no hubiera tenido compasión alguna con tanto árbol y sus moradores. En aquel bosque habitaban tantas aves buenas que la luna conocía como eran la reinita, el pitirre, el guaraguao, la alondra, el zorzal, el pájaro carpintero, la reina mora, el pájaro bobo, el búho y hasta la misma lechuza que a tantos en las noches espantaba. A todos ella extrañaba, pero en particular a las aves nocturnas que siempre han sido sus preferidos, por ser ella un ser mayormente de la noche. Sobre todo, extrañaba al Sr. Búho quien era tan sabio y en sus noches de luna llena con ella platicaba.
En busca del rastro de sus amigos tan queridos, la luna decidió acercarse más a la tierra para saber del destino de los mismos. Cruzó frente a la cara de una palmera que estaba muy triste. Para alegrarla, le hizo una pirueta en el aire.
--¿Qué te pasa? -- Le preguntó la luna.
--Todos mis cocos los tumbó la furia. --Le contestó la palmera herida.
--No te preocupes, ya echarás nuevas ramas, más cocos y mira como el hombre calmó su sed y el hambre con los que derribó María a quien llamas furia.
--¡Es cierto! Vi como disfrutó de la dulzura refrescante de mi agua y lo nutritivo de mi pulpa.
--¡Nada se pierde querida palma!
--¡Gracias, amiga luna!
--¡De nada, amiga palma! ¿Has visto a mis amigos nocturnos?
--No, pregúntale al árbol que está allí acostado. ¡Suerte amiga luna!
La luna dando un salto y haciendo otra pirueta para alegrar a su amiga palma, le dio las gracias y fue a equilibrarse sobre la espiga de una rama.
Mientras la luna reposaba sobre aquella espiga, divisó al árbol que descansaba sobre el horizonte mientras comenzaba a echar algunas ramas y hojas nuevas.
--¡Luna! – La llamó el árbol tumbado, al verla. Se trataba de un árbol muy conocido en la Isla, el cual vino desde África hace unos siglos cuando la locura de esclavizar a otros humanos era legal.
--¡Hola árbol de Amapola Africana! – Le respondió ella muy motivada, mientras se le acercaba.
--Hola – El árbol le contestó.
--¿Has visto a mis amigos nocturnos, el búho, la lechuza, el grillo, la luciérnaga, el murciélago, entre otros?
--Sólo he visto a un pájaro carpintero errante que no encuentra a su pareja. – Le dijo el árbol con voz entrecortada y quejumbrosa.
--¿Por qué tan triste? – Le preguntó ella, a pesar de saber de la desolación que el huracán causó y todas las razones que podía tener el árbol para su tristeza.
--Todos los pájaros que en mi anidaban, se han marchado, después que el huracán me derribó al suelo y me despojó de mis hojas, nadie alegra mis ramas con sus cánticos.
--No estés ya triste. No ves que ya te están creciendo ramas y hojas.
--Si, pero no estoy ya erguido hacia el cielo azul.
--No lo estarás ahora, pero tus ramas ya van creciendo hacia arriba. Voy a compartir contigo mi poder para que despierte nuevamente el tuyo.
--¿Sabes una cosa? – Le preguntó la luna.
--¿Qué?
--Que todos se han de levantar, se han de renovar y muchos ni siquiera necesitan ayuda para eso. ¡Todos son poderosos! Te voy a dar un poco de ayuda, pero me prometes una cosa.
--¿Qué?
--Me prometerás que, al reponerte, te valdrás por ti mismo y no dependerás de nadie excepto para compartir lo que tienes.
--¡Así ha sido siempre! Mi poder ha sido siempre dar flores, hojas y ramas para que los pájaros aniden y se alimenten en mí.
--¡Pues por un instante voy a anidar en ti, para que sientas el inmenso poder que posees y te levantes nuevamente!
--¡Encantado, eres bienvenida amiga luna!
Y la luna anidó por un momento entre la nueva fronda que renacía reluciente en aquel árbol. El árbol sintió inmediatamente su autoestima herida reponerse y pronto comenzó a enderezar su copa hacia el cielo. Así comenzó a dar gracias a la luna y a la vida por el poder que en sí mismo redescubría.
La luna pronto encontraría a sus amigos nocturnos cuando el día cediera nuevamente, su turno a la noche llena de magia y esplendor a pesar de todas las tormentas, que siempre son pasajeras.