Saturday, February 13, 2021

Comisión

Cuando llegó la noche, el terror se hizo en él. Se cumplirían las primeras veinticuatros horas de ausencia del mundo de los vivos que sin aún haber formalmente abandonado ya muchos le daban como un verdadero muerto.

–¿Ves aquella tumba?

Su respuesta fue silencio. Entonces Concho le empujó para que avanzara.

–Muévete cabrón.

Forcejearon, pero el viejo sepulturero tenía sus destrezas afinadas en aquel lugar cual si fuera su medio natural como dice el refrán de pez en el agua. Su prisionero, que seguía atado de manos, aunque ya no amordazado, no le quedó remedio que dirigirse a la tumba que le iba resplandeciendo más a medida que se acercaban.

–¿Ves ese fulgor? Está a punto de salir a dar su ronda. Todas las noches la misma mierda.

Ya sentados sobre la tumba sentían desde abajo de sus cuerpos un resplandor que les dibujaba en la noche como ánimas de último momento añadidas al conjunto de siluetas nocturnales del cementerio.  Así entre medio de ellos se elevó desde la fosa el espectro de quien según la lápida fue en vida Nihiliberto Moctezuma Barrientos; 1910-2010 quien se sentó en medio de ellos a mirar para lejos.

–No te preocupes, ni te asustes. Como ves es un fantasma silencioso. Lo conozco desde antes de empezar a trabajar en este cementerio.

Ni el espectro de Nilihiberto hablaba y muchos menos él que seguía en silencio.

–Tú no tienes idea de lo que es joderse con fantasmas tan pendejos.

Y él como el fantasma seguía en silencio.

–Lo que me faltaba, un vivo que no quiere decir palabra como si fuera de todos el más muerto. Te voy a decir una cosa, o me contestas y hablas conmigo o ahora mismo te convierto de verdad en fantasma como a este que está entre nosotros.

Él lo ignoró, pero el espectro miró a Concho en reto de que se atreviera a darle el zarpazo al vivo silencioso.

–¿Te fijas? No habla, pero jode. Así es todas las noches. Me sigue a todas partes, se aparece y desaparece jugando a escondidas, luego se sienta conmigo como para conversar, pero nunca suelta palabra. Así se la pasa hasta que dan las tres de la mañana cuando decide visitar la funeraria a escoger entre los ataúdes uno que le guste para hacerse el recién difunto a la espera de que lo velen, le celebren funeral y lo entierren. Ya cuando los gallos cantan a las cinco de la madrugada regresa al portón del cementerio a esperar que le abra como en olvido de que es fantasma. Le abro para que no se decepcione y sienta esa triste ilusión, pasa, se sienta frente a mí a observarme cómo tomo café para seguir mi eterno insomnio hasta que se esfuma antes de salir el sol. Lleva así desde la primera noche.

–¿Y por qué no habla?

Concho sorprendido le miró a la vez que escuchó del espectro decir:

–Porque no me da la puta gana.

–¡Al fin te decides a hablar viejo loco!

–¡Al fin te decides a escuchar! – Le contestó el muerto.

Y entonces entre Concho y el espectro después de tantos años de resentimientos mutuos al fin se dio un dialogo. Mientras, el vivo melancólico y prisionero permaneció entre ellos sentado mirando el tintinear de las estrellas.

–¿Qué quieres decir?

–¿Qué quieres decir; qué quieres decir? – Se burló el espectro turnando su ilusión espectral entre fantasma de blanco transluciente a esqueleto fluorescente que llamó más la atención al sepulturero.

–Que, si te hablé alguna vez, no me escuchaste. Entonces; ¿para qué hablarle a un ser que no escucha ni a vivos ni a muertos?  Vives un monólogo, Concho, eres un engreído sumido en lecturas antiguas sabes de todo, erudito en cosas que ya pasaron, que no tienen sentido.

–¡Tanto que he leído, sin educación formal! cuanto me he cultivado para seguir…

–¡Para seguir comiendo mierda! ¡Ya nadie lee historia universal mamao! Concho, a nadie le importa los detalles de tantas cosas que te has imbuido sin ganarte otro título que el de sepulturero del pueblo.

–Quizás tengas razón; soy una tumba de conocimiento en desuso.

–No te apures ya te enterrarán un día junto con todo ese bagaje que alegas cargar.

–¡Me ofendes!

Y como dicen los jóvenes de este siglo, Nilihilberto le contestó con esa tremendísima pregunta de la existencia absurda de aquel momento.

–¿En serio?

Y a Concho le salió un inglés muy perfecto.

–¡Fuck you!

El fantasma no pudo contener las risotadas que de repente despertaron a medio cementerio. El melancólico cautivo también sonrió.

–No fue mi culpa. Hubiera muerto feliz a los ochenta. Retrasaron tu comisión de sepulturero los que me mantuvieron inserviblemente con vida y perdí de este mundo mi salida. ¿Estás molesto Concho?

–Sí, con quienes por otra comisión no te dejaron morir a tiempo.

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Friday, October 23, 2020

Agua

A casa de Zenaida, Peluca con un fuerte ataque de sinusitis de los que le hacía perder el olfato, fue un día y su vida cambió para siempre. El papá de Zenaida era ejecutivo de cementerio. Se le conocía por su apodo y apellido que eran Concho Frías. Pero como ejecutivo fúnebre en un pueblo pequeño y supersticioso no le alcanzaba para conseguir ayuda ni al mejor jornal. De este modo no le quedaba alternativa que ejecutar desde sepulturero, embalsamador, recepcionista y chofer fúnebre. Llegaba a su casa siempre con un fuerte hedor a muerto que lo perseguía a todas partes y por más que se bañara o perfumara aquel rastro odorífico de su oficio le seguía hasta la cama donde a su esposa no le quedaba remedio que satisfacerle en sus ansias mundanas que el pobre diablo no entendía debía ser a un compartir de cincuenta por ciento. La inundaba de aquel hedor mientras solo él se complacía como un cadáver putrefacto que había olvidado estrujarse en sus últimos deseos libidinosos.  

–¡Concho, perfúmate! – Le recriminaba su esposa que se llamaba María Elena De la Fosa Tirado y a quien tan solo llamaban y conocían como Mayita. Nunca nadie supo de donde le vino el apodo, distinto a Peluca que de verdad se llamaba Jacinta Colonia Rosa, pero por un incidente desafortunado que tuvo un día, se le apodó Peluca y así se quedó sin que se le llamara más por su nombre o por su mismo apellido Colonia. Así que para efectos de esta historia bástenos referirnos a ella como Peluca.

Respecto a Mayita, ésta se encontraba muy agobiada en un hastío que lindaba entre la resignación y la creatividad, porque a pesar de todo, su sepulturero esposo, cuyo nombre real sin mote era Pantaleón, muy rimado con eso de panteón era buena habichuela y había ya una prole muy pretenciosa que había que terminar de criar y echar hacia adelante. Con la aportación genética de Mayita aquella familia parecía muy blanca y sin tener la cultura suficiente para colarse entre la elite del pueblito, hacían todos los esfuerzos para lograrlo. Peluca, quien era hija de un agricultor de mediana producción con tierras que le permitían ser patrono y gallo de barrio entre las doñas y las doncellas, precisamente tenía lo que aquellos Frías De la Fosa no tenían, eso que llaman porte.

–Tienes que hacer algo con esa peste o no duermo más contigo. Si quieres me puedes coger cuando lo desees siempre y cuando me permitas pincharme la nariz con algo y durmamos en camas y cuartos separados.

–No creo. Tiene que haber un remedio. A nadie más le ha pasado en la funeraria.

–Pues claro. Eres el único empleado permanente. Nadie dura trabajando para esa funeraria más de dos semanas y tú llevas la vida entera.

–Dame una última oportunidad, creo que tengo el remedio.

–Seguro, me imagino como los demás que has traído de la funeraria.

–Este no fallará. Mi madrina me lo ha garantizado.

No sabemos a qué madrina se refería Pantaleón (Concho) Frías, pero a los dos días de regreso de su trabajo mortuorio, cargaba un galón asido a la oreja de cristal como los que se usan para guardar agua ardiente. El mismo estaba hasta el tope y de inmediato sospechó Mayita que fuera, en el mejor de los casos, un galón de querosén para la estufa del patio o como peor desdicha, lo impensable, ron silvestre de ese que llaman pitorro que enajenaría aún más a su ya alcoholizado esposo.

–Pues ni cosa ni la otra. Esta es agua que madrina me preparó para quitarnos la peste.

 –Para quitártela querrás decir. Aquí el único hediondo eres tú.

–Es una receta de madrina y me dice que la tenemos que tomar todos.

–Tú y tu madrina, hasta ahora no han pegado una.

–Toma, ponla en la nevera que nos la tenemos que tomar bien fría.

–Y dale con que nos la tenemos que tomar.

–Pues sí, porque así nos libraremos todos de la peste que yo cargo por mi trabajo y ustedes de tener que olerla.

A Mayita le pareció lógico y si le curaba el alcoholismo que por razón de aquella peste se había apoderado de Concho, pues mejor. Se mataban dos pájaros de un tiro. Llevó el galón de agua a la nevera y lo dejó allí enfriando para servirlo en la cena cuando todo el mundo estuviera en la casa.

Ese día fue que precisamente Peluca había ido a visitar a Zenaida que eran las mejores amigas desde la secundaria. Aprovechaba Zenaida y todos sus hermanos cada visita de Peluca, para que esta les ayudara con sus asignaturas pues resultaba ella ser una joven muy sobresaliente a nivel académico. Hecha las asignaciones de cada uno y la suya propia con Zenaida, llegaron a la mesa comedor que allí mismo había en la sala. Como siempre, estaban dispuestos una serie de vasos de velas que Concho traía de la funeraria y se prendían uno por cada persona en la morada.

–¿Y la vela de Peluca? – Preguntó Zenaida. Concho y Mayita se miraron y refunfuñando esta ultima se levantó y fue a buscar el sirio que la madrina le había indicado encendiera para cuando cenaran y tomaran del agua aquella.

–Aquí tienes, esta es la tuya. Es la que quedaba. No irás a protestar, es una vela para una prietita linda como tú. 

Efectivamente, no es que fuera para gente negra pero la vela que le tocó prender a Peluca fue un sirio negro. Peluca sintió un gran temor y algo en su interior le reclamaba que no la prendiera, que saliera de allí corriendo, pero no se atrevió contrariar.

–Préndela tú misma.

Y la prendió. Entonces todos se rieron unos con otros, cantaron y comenzaron a comer y a bajar aquel fricasé servido con arroz blanco y viandas, con el agua friísima del galón hasta que ya no quedó nada por beber o por comer. A la sazón todos a una vez levantaron la vista como si mientras hubiesen estado cenando se hubieran olvidado de la existencia de unos y otros. Quedaba en la atmósfera sobre la mesa el aroma de especies y vino típicos del guiso aquel de carnes y a la vez que se miraban entre todos, incluyendo a Peluca comenzaron a celebrar que ya no apestaba a muerto en la casa, ni en la mesa, ni en la ropa, ni en la persona de aquel sepulturero que capitaneaba allí el comedor. Miraron entonces con pena a Peluca y le dijeron que ya estaba de noche que mejor se fuera a su casa y no esperara a que ya no hubiera transporte. Peluca les sonrió y les dio las gracias.

–¡Se me quitó la sinusitis! ¡Puedo respirar, puedo oler! ¡Qué rico huele!

Entonces se fue a la parada de autobuses. Estaba por salir el último de esa noche. Iba feliz, pensando en la suerte de tener aquella amiga que se llamaba Zenaida. Le encantaba como en el autobús todas las luces prendían adentro sintiéndose como si viajara en el interior de una luciérnaga que la regresaba a casa. Sentada en la parte trasera, aprovechó para abrir un libro y leer. En casa de Zenaida ya se recogían, lavaban trastos y preparaban las respectivas camas.

–¿Entonces?

–No tenemos que dormir separados. Por fin tu madrina hizo lo que tenía que hacer.

–No fue culpa de ella. Tuvimos que esperar mucho por el muerto adecuado.

–Y bañarlo bien.

–Sí. Tenía que ser agua de muerto, pero no de cualquier muerto. No todos los días muere y nos llega a las manos el cuerpo de un apestado.

Sonrieron y yacieron juntos, sin protestas y el único Concho que se escuchó de la boca de Mayita era uno de sensualidad inaugurada, se estrenaba esa noche en gemidos y pasiones que el apestado dejó pendientes en vida.

En tanto, Peluca, llegaba a su casa y de entrada comenzó a sentir esos olores raros como cuando llueve en los cementerios y se lavan tanto las tumbas que el olor de huesos se levanta espeso en el aire.

Ya adentro de la morada paterna le olían todos, padre, madrastra hermanos y hermanas a muertos putrefactos.

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Wednesday, July 15, 2020

Don Sapo


Cada vez que veo al licenciado Gonzalo González González en una esquina de los pasillos del palacio de mármol de la justicia criolla, me arrimo lentamente para escuchar una de sus anécdotas difíciles de creer, pero divertidas. Mientras se encuentra en los predios de las cortes, es la persona más asequible, no así en el mundo ordinario en el cual todos vestimos a cuerpo de camisa (yo siempre, porque soy el conserje). Por eso cuando lo veo en su acostumbrada pose huraña de hombre amargado y solitario en las barras, ni me le acerco para no sentir el rechazo de su desaire por nunca enterarse ni importarle recordar quién rayos lo saluda.  Es como si tuviera otra personalidad y viviera en otro mundo paralelo al suyo de abogado que es de donde le conozco mejor.  Este que conozco del tribunal es tan distinto, muy dispuesto a la cháchara pasillera entre sus colegas que se develan historias y hasta secretos como si nadie más los escuchara.  Mas si algo tienen esas paredes frías de mármol pulido, son oídos y ojos que lo captan todo y cuando menos te lo imaginas el juez ante el cual llevas un caso, se ha enterado por obra y milagro a través de un colega de esos que son como moluscos sin espina, y que como lapas se adhieren camuflajeados a tales conversaciones.
Puse mi mano sobre la frente, por el irremediable asombro ante la fatalidad ingenua de nuestro amigo, Gonzalo (y digo nuestro) pues también ustedes, sé que le han ido tomando cierta afección. Así que me le acerco poco a poco para advertirle que, frente a aquella sala, la 613, no desbocara cerreramente y sin filtro como acostumbra en la más absoluta ingenuidad sus más recientes experiencias. Sin embargo, ya era muy tarde, se habían conglomerado a su alrededor unos tres de sus colegas que de tan obesos hacían cortina y me fue imposible susurrarle mientras pasaba el estropajo disimuladamente, de que tuviera cuidado con lo que iba a decir precisamente frente a aquella sala de un juez con nombre paradójico de poeta iluminado. Tal circunstancia era como para golpearme doble o triplemente en la frente. 
Tarde al fin para evitarle aquel nuevo naufragio a Gonzalo no me quedó remedio que escuchar el relato en el cual irremediablemente se había embarcado.   
–Pues ustedes saben que tengo un hermano gemelo que no se conforma con sus líos para él solito, sino que le encanta compartirlos conmigo. ¿Verdad Bombanes?
–Recuerdo que le regalaste un carro aquí en este mismo pasillo le entregaste la llave frente a mí. –Le confirmó el Lcdo. Bombanes quien era uno de los presentes.
–¡Exacto! ¿Y tú sabes lo que hizo ese cabrón?
–A ver. –Dijo goloso por la información el Lcdo. Alan Brito, que de todos era el menos de fiar por resbaloso, chismoso y congraciador con quien repartiera el bacalao de turno.
Inocentemente Gonzalo prosiguió y contó que su hermano, quien se encontraba en un serio aprieto de reclamo de una pensión por alimentos, le había pedio de favor, ya que no podía llevarle el caso, que le conectara con una colega que lo representara. Gonzalo entonces, por aquello de no escuchar más los ruegos de su hermano le habló de una abogada que constantemente le había estado pidiendo que la invitara a comer al Restaurante Trilli Peppers, muy famoso y en boga para aquellos tiempos.
Resulta que Gonzalo, por lo aburrido que le resultaba permanecer en su oficina, atendía la misma desde la barra de aquel restaurante mientras deleitaba gustos cerveceros entre platos al gusto del lejano suroeste americano.  Única forma que había tenido este aguzado de conocer las lejanías allende los mares pues nunca en su vida había cogido vuelo que no fuera para visitar las islitas municipales de Vieques y Culebra.
–Concerté la cita con la licenciada Marbello, aprovechando que tenemos que discutir un caso. Así le pediré el favor de que lleve el tuyo. – Le dio la buena nueva un día a su hermano.
–Métele mano, pa’que me salga de gratis. – Le contestó aquel bribón a Gonzalo.
–Sí claro, no es a ti que te van a dejar calvo mientras duermes.
El fraterno personaje, se echó a reír y se fue dejándole a su no tan agradecido hermano, la tarea de aquel favor.  Gonzalo buscaría entonces, la forma de sobrellevar aquella cita de negocios y socialización sin que le comprometiera mucho su presencia en Trilli Peppers con aquella colega que le había insistido tanto en el auto convite. No eran para menos sus precauciones y debido recato, ya que se sospechaba de las intenciones de cazarlo de su colega.  Peor aún, temía de los celos extremos de su compañera sentimental para aquellos tiempos que era la peluquera de las jóvenes de la zona.  Muchas de ellas por ser estudiantes universitarias, trabajaban turnos parciales en Trilli Peppers. Pero como era para Trilli Peppers que la licenciada Marbello quería que la invitara, decidió Gonzalo que sería lunes a las once de la mañana cuando abría el local al público y no era muy concurrido por ser comienzo de semana y tan temprano en el día. Calculaba que la reunión no duraría más de una hora y al mediodía cuando empezara a llegar más gente él fuera saliendo del local.
Llegó entonces el lunes no tan ansiado por Gonzalo y allí a la hora exacta como acordado se encontró con la distinguida colega, que es así como se llaman entre abogados sean o no distinguidos y sabe Dios qué cosas los pueda distinguir entre ellos.
–¡Gonzalo! Por fin me invitaste a Trilli Peppers. Estoy en el estacionamiento. –Le anunció ella a través de su móvil.
–Hola, hola. Entra estoy esperándote en una mesa que adelanté nos separaran para evitar el bullicio.
Efectivamente, Gonzalo la esperaba con expediente sobre la mesa para discutir el caso que tenían pendientes y de paso hablarle a ella del hermano y su precariedad económica. Ella quiso primero socializar antes de entrar en detalles del caso y cuando llegó la mesera con un rostro recriminador le pidió que le trajera una copa de vino blanco, que de comer no quería nada por el momento. Gonzalo se sorprendió y le siguió la corriente, pero ya sabemos que él no es tan fino como para pedir vino blanco a esa hora y en su lugar rogó suplicante de una sonrisa a la joven que les atendía, que le trajera una lagarta que era como le llamaba a veces a su cerveza favorita.
–Aquí no servimos lagartas.
–Me refiero a la cerveza de la botella verde, aquí saben que les digo lagartas.
–Ah, ok. ¿Algo más?
–Sí, una sopa de papa y una orden de alitas como aperitivo. – Le sonrió a la mesera quien no demudó su rostro de te estoy vigilando.
            La joven no tardó en regresar a la mesa en la que estaban reunidos aquellos dos jurisconsultos, (también se les puede tratar elegantemente a los abogados con tales adjetivos y hasta decirles letrados). Dispuso para cada cual lo ordenado y no dejó de escuchar de lo que conversaban abogada y abogado mientras ella les servía.
–Hablamos después del caso, guarda ese expediente. Cuéntame más de ti de esa firma curiosa en tus mociones.
Gonzalo esperó a que la mesera terminara de servir y expresara la consabida letanía del servicio y las disposiciones para lo que se les antojara. Muy agradecido Gonzalo le dijo que por ahora todo estaba bien y una vez se fue alejando aquella chica sin sonrisa, retornó al dialogo con la compañera abogada que es otro término que entre ellos (los abogados), utilizan llamándose compañeros y compañeras, aunque se odien a muerte.
–¿La g? Soy el triple G de las leyes. – Le contestó jocosamente a la colega.
¿Y cómo es eso? –Genero, Ganando y Gozando. – Y soltó su peculiar carcajada que siempre contenía entre diafragma, tráquea y dientes a piano explayado. 
–¡Ay, qué gracioso Gonzalo González! – Le ripostó ella con muy pocas ganas de reírse mientras buscaba enfocar su mirada en algún lugar que no fuera la figura de su interlocutor.
Habían hablado de todo y de cuanta cosa menos del caso que les ocupaba. Sin embargo, la licenciada quería seguir hablando, se puso emocional y hasta le contó de sus cuitas poniendo su mano sobre la de Gonzalo en el mismo momento que aquel ser tan serio se acercaba a preguntarles qué iban a ordenar. Apresurada la abogada volvió a pedir otra copa de vino blanco y Gonzalo prosiguió con sus lagartas que para él sería la cuarta. Nuevamente brindaron, mientras Gonzalo recordaba las palabras de su hermano y se reía en sus adentros porque miraba y miraba a la letrada que de frente tenía y no había manera que ella le inspirara. Pensó en aquellos dientes de su colega que mostraba al hablar y le parecieron afilados como los de una piraña.  Entonces una fantasía golondrina quizás por el efecto de la cerveza o su imaginación salvaje, le pareció que aquella señora podía producirle serias heridas que aquí no podemos comentar de aquella mente cochambrosa del amigo Gonzalo.  No obstante, este no se dejó arrastrar como ella pretendía al pantano de un tema que para Gonzalo fue siempre prohibido y ello era hablar de otras personas y más colegas que no estuvieran presentes. Pero ella insistió.
–Te digo Gonzalo, que ella es una creída, presumida... 
–No hablo de personas que no están presentes. 
–Pero yo sé que no te llevas con ella.
–Tú no sabes. Yo me llevo con todo el mundo. Allá cada cual, con su personalidad, que yo tengo la mía y se que no soy precisamente un billete de cien dólares.
–No te hagas. ¿Tú sabes que ella está saliendo con Checho el licenciado, el hermano de Chucho?
–¿En serio? De verdad que no me importa. Allá cada cual con su vida.
–Pero es casada…
–De verdad, no hablo de nadie a sus espaldas. Mejor vamos a trabajar el caso y discutamos las ofertas sobre la mesa.
Repentinamente, la licenciada Marbello se quedó en silencio y su mirada se perdió como si necesitara efectivamente sacarse algo de lo más profundo y Gonzalo se empezaba a sentir incómodo pues pensaba que quizás debió dejarla que prosiguiera con el chisme, quizás escucharla, que se sacara aquella espina que muchas personas se guardan de otras, pero sin atreverse a confrontarlas directamente.
–¿Estás bien? –Le inquirió Gonzalo mientras esta vez le pasaba su mano sobre la de ella para consolarla.  Mala pata que la mesera sigilosa como serpiente se acercara y con la sobriedad de rostro más absoluta le preguntara que si quería otra cerveza de esas que él llamaba lagartas. Turbado retiró la mano de la de su desconsolada colega y esta le dijo que regresaba con un vengo ahora para ir al baño. El vengo ahora terminó en un casi no me esperes sentado pues fue después de casi media hora, ya con el lugar abarrotado de clientes que regresó a la mesa.  Muy callada, se sentó, se notaba muy extraña.  De momento no decía nada de nada a pesar de haber estado tan parlanchina hasta queriendo decir cosas que no se dicen de otras damas.  Un poco preocupado Gonzalo la observaba en aquel rostro demudado, parecía que en el baño hubiera visto un espectro que la hubiera espantado.
–¿Estás bien?
–Ujum.
–Yo no te veo bien. ¿Dije algo impropio?
–Um Um.
Gonzalo estaba sorprendido ante aquella imagen de la compañera abogada que apenas media hora antes no paraba de hablar de su prójima abogada y de momento estaba muda, contestando las preguntas de Gonzalo onomatopéyicamente.  Incluso, le pareció ver en aquel rostro la imagen de un recuerdo que grabó en los cuentos que su madre, la de Gonzalo, le hacía de niño. Se trataba aquel cuento infantil que tanto le encantaba escuchar en su niñez de un sapo presumido que quiso colarse en una fiesta en el cielo donde cada animal que fuera debía tener dentadura. Don Sapo, que era como se llamaba aquel personaje infantil no tenía por supuesto dientes, pero como no quería perderse la fiesta se hizo unos de cera que, para su infortunio, lo primero que sirvieron en aquel agasajo celestial fue la sopa más caliente que usted se pueda imaginar.  Al primer buche de sopa hirviendo los dientes se derritieron al instante y el pobre sapo ya no se atrevió a abrir la boca para hablar. Gonzalo miraba aquella imagen y era como ver al sapo de su más feliz infancia cuando su madre le contaba y le contaba el cuento cada vez que el futuro abogado lo pedía. Y entre recuerdos de aquel sapo presumido, que estiraba sus labios para mantenerlos cerrados, así la compañera abogada de Gonzalo tenía aquellos labios finos estirados hasta casi colgar cada comisura sobre cada una de sus orejas.  Parecía como si estuviera manteniendo una sonrisa de un misterio petrificado en su rostro.  Los labios, increíblemente estirados de manera hermética como si sus dientes se hubieran derretido como le pasó al sapo, contestando las preguntas ya impertinentes del despistado abogado hasta que de súbito y para susto de madre del pobre Gonzalo expulsó a chorro la abogada por su boca el vómito más insólito que se recuerde después de aquel de la película del exorcista. Vaciada de la inmundicia que había caído al suelo se excusó la licenciada inmediatamente con un es que no había comido nada. Y era cierto allí no había comido nada, sólo se había tomado dos copas de vino, pero aquello de tener el estómago vacío a Gonzalo no le cuadraba. No habrá comido lechugas, se dijo, pero de que comió definitivamente comió y mucho, el tanque lo tenía lleno antes de llegar al restaurante según se evidenciaba en el piso.  Como dicen los abogados para impresionar, el debris de aquel accidente lo evidenciaba todo.  
            Todos en el pasillo reían a carcajadas con aquella historia inverosímil que Gonzalo no terminaba de contar.
–Hay más. – Dijo. Pero de inmediato llamaron a sala y allí tanto el alguacil como el juez se acababan de enterar de la historia contada y no ansiaba más aquel juez que llegar a su casa para reprender a su tan distinguida esposa, la licenciada Marbello, pero primero iba a disponer del caso de Gonzalo quien de momento se sentía como aquel sapo con sus dientes derritiéndosele mientras apretaba la boca por contar lo que no debía.
Llamado el caso, el juez malhumorado le ordenó a Gonzalo remover de su cabeza la gorra a la vez que los presentes estallaban en risa al ver al abogado, coquipelado según prometido por la peluquera que lo afeitó la noche de aquel mismo día cuando después de tantas lagartas, se quedó profundamente dormido.

Thursday, December 20, 2018

María Se Puso Los Cuernos


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María se puso ella misma los cuernos. No era ella, según los parámetros culturales la más bonita, pero podía generar a la distancia la atracción necesaria que las bien puestas no lograban ejercer y no por falta de buenos atributos. Lo de María era magia combinada con un cuerpo ya en sus avanzados cuarenta; todavía muy bien proporcionada y no tan explorada como un día intuyó y descubrió su mejor amante, el locario de Jacinto. Callada y reservada tenía su música por dentro y fiel a su compromiso no se negaba a ninguna exigencia laboral por más estrambótica que la misma fuera. Exigencias de todos lados, no a todo el mundo le aguantaba groserías y mucho menos peticiones de hacer el ridículo en público. Jacinto tuvo suerte con ella, pues a nada luego que se conocieron esta se negó. Pero todavía falta contar de cómo fue que conoció al tal Jacinto.

A pesar de relacionarse esta historia con su trabajo, fue en su día libre que María, cuando esta de paseo por la capital, no le quedó remedio que buscar dónde aparcar ya que tenían la avenida que da a la ciudad vieja bloqueada. Decidió continuar ruta rumbo al casco de la ciudad amurallada a pie. De las dos rutas para caminar hacia el centro urbano, escogió pasar por el lado norte para poder admirar el oleaje bravo del Atlántico, y a su izquierda los no tan aguerridos manifestantes. Llevaban estos a cabo, una manifestación contra la infame Junta de Control Fiscal, impuesta desde Washington y que sin piedad iba dirigiendo a lo poco que quedaba de gobierno a mayores austeridades para el pueblo, sueldos y gastos de lujo para sus propios oficiales y funcionarios a costa de mayores impuestos y desangramiento infinito del bolsillo del consumidor y de todo el pueblo. Y allí mágicamente estaba Jacinto de quien en otras historias contaremos mucho más. Basta en este cuento decir que era un locario que a ella le llamó la atención a la vez que él no dejaba de relamerse por aquellas caderas cadenciosas de las cuales María hacía gala. La atracción animal fue simultanea aún de lejos cuando se divisaron el uno al otro. El abandonó la línea de piquete y ella redujo su paso para esperar cruzarse con él. Se miraron y de inmediato supieron en la complicidad de sus miradas que el eventual encuentro sexual sería inevitable. Cristina a gritos lo llamó desde la línea del piquete, él que nada que ver tenía con la Cristina, excepto compañeros de lucha, se excusó con María dándole su número para que le llamara, pidiéndole el de ella que se lo negó, pero le dijo que era cajera del supermercado Contigo.

- ¿En qué pueblo? - Jacinto preguntó a gritos mientras era halado por Cristina que lo retornaba a la línea de manifestación.

- ¡Compañero compórtese!

- ¿De qué tú hablas? - Pregunta luego de un balbuceo, confundido por la actitud de Cristina.

- ¿Cómo que de qué yo hablo? ¿No se da cuenta del papelón que está haciendo?

- ¡Nooo!

-Pues que está comportándose como un macharrán.

Jacinto la ignoró y se fue a viajar en pensamientos sobre María y cómo daría con ella, de tantos supermercados de la cadena Contigo. ¿En cuál de todos y en cual pueblo? No le tomó tiempo, el deseo mutuo o el destino los juntó y no estaba lejos de su pueblo. Se convirtió entonces Jacinto en asiduo cliente del supermercado, velando siempre la hora en que María fuera cajera para él hacer la fila de pago, saludarla e insistirle en que lo llamara. Conoció sin embargo en el mismo supermercado a otra cajera muy atractiva, parlanchina, pero casada. De todos modos, se hizo amiga de Jacinto y este le coqueteaba al igual que lo hacía con María. Esta al darse cuenta de los avances de su compañera se decidió a llamarlo para darle rienda suelta a los deseos carnales que mutuamente habían anticipado. No toca contar en esta historia los detalles de esos encuentros, pero prometo los mismos para otras historias que adelante se relatarán sobre estos dos seres que rompían monotonías y respectivas soledades para aquel entonces. Puedo adelantar sin embargo que desde que comenzaron aquellos encuentros de lujuria pura y sin inhibiciones, María superlativamente experimentó su mejor año como cajera, ganándose consecutivamente por doce meses la distinción de ser la mejor de cada mes. Y por cada mes nunca protestó vestirse con el disfraz o la indumentaria que a su patrono se le antojara. De enero a diciembre doce días que tuvo que vestir de recién nacida, de querubín con arco y flecha, de santa, de conejo de pascuas y así sucesivamente según el tema del mes. No importaba lo estrafalaria que fuera la indumentaria, María lealmente la vestía siéndole siempre fiel a su patrono.

Sin embargo, hoy en víspera de Navidad cuando María sigue soñando en un ascenso de nivel en la relación con el locario de Jacinto, pensando que la ha tenido de esclava sexual, macharrán insulso, piensa ella que es el tipo; pero reflexiona a su vez, que el Jacinto nunca pasó por otra caja para pagar que no fuera donde ella estuviera. Por su parte este, que al cabo de tanto tiempo no baja la intensidad y los deseos de yacer con ella, ha regresado como siempre al supermercado, este mismo veinticuatro de diciembre anticipando verla en el disfraz del momento para invitarla, para sonsacarla, para convencerla a otro encuentro. Va recorriendo pasillos ausentes de ella hasta finalmente dirigirse a la caja a hacer el pago de los artículos del momento previo a la Noche Buena. María en su casa, con los cuernos de venado ya puestos, se mira al espejo para ver la mueca que el reflejo le devuelve, su rostro en llanto ya incontenido, dolida y traicionada por un patrono de supermercado que ahora obligaba a su Jacinto como también a Cristina y a cuanto consumidor que llegue a Contigo a trabajar de gratis con aquellas frías cabronas máquinas que la mandaron como a otra más a las filas infinitas del desempleo. C. augustopoderescopyright C. 2018 

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Saturday, December 8, 2018

El Hombre a Pedazos


El Hombre a Pedazos

Estaba el hombre, con su machete afilado, cortando las puntas de un coco de agua de los cientos que derribó el huracán a su paso.  Agua y comida en aquellos cocos, tenía el hombre para sobrevivir a la escasez que la desolación del ciclón había dejado a través de toda su Isla y en aquel recodo paradisiaco que era su finca donde la fronda fue sustituida de un día para otro en un paisaje surreal que intuía un desierto repentino color de arena eterna. El acceso a lugares donde pudiera abastecerse de agua o comida estaban bloqueados y en realidad, aunque los caminos hubieran estado despejados, el hombre no tenía suficiente dinero si de casualidad encontraba un mercado abierto para abastecerse de todo lo que carecía. La desolación había traído consigo también silencios antiguos que gritaban recuerdos y fulminaban imágenes de tiempos remotos harto olvidadas.  No sólo la vegetación se había transformado en un abrir y cerrar de ojos, sino también la acústica del campo en una ausencia muy triste de trinos y susurros de las aves que fueron arrasadas, resultando ello en cierta reminiscencia de campos santos de absoluto silencio. No habitaba en aquel bosque o lo que quedaba del mismo, otra alma con la cual dialogar hasta que repentinamente, casi al dar el último corte para dejar al descubierto el caparazón que lo separaba del agua exquisita que guardaba el coco, oyó una voz.

--¡Hombre!

El hombre, miró a todos lados, a Norte, Sur, Este y Oeste y no vio a nadie que pudiera estar hablándole. Ignorando, entonces aquel llamado, pensó que debió ser su imaginación producto del cansancio, el hambre y lo más probable la sed. ¿No era para ello que precisamente pelaba con su machete aquel fruto verde, para saciar la terrible sequía que sentía hasta en el alma? Pero la voz volvió, esta vez con más ímpetu.

--¡Hombre!

Entonces el hombre, presto a lanzar el siguiente machetazo, advirtió que quien le retaba a hablar era su mano izquierda que a su vez sostenía el coco que diestramente su mano derecha, en completo mutis macheteaba.

--¿Qué? – Le respondió el hombre con la naturalidad de aquellos que de uso y costumbre responden a un interlocutor harto familiar.

--¿Quieres apostar?

El hombre permaneció pensativo un instante. El mero hecho de contestar, un si o un no daría lugar a un escalamiento en el reto que representaba la mano. Una explicación resultaría en una invitación a un dialogo y por ende a una elaboración de aquella invitación tan repentina. Su meta inmediata era terminar de pelar aquel coco, hacer el correspondiente orificio y tomarse la deleitosa agua. Sin embargo, terminó vencido ante la tentación insistente de aquella mano que en lugar de sostener el coco comenzaba a temblarle esperando la respuesta del hombre.

--No quiero apostar, déjame quieto.

--Ay, no quiero apostar, déjame quieto. ¡Pussy!

El hombre, un tanto molesto, más que impresionado o curioso, decidió replicarle a la insidiosa siniestra, con mayor determinación.

            --Vamos a ver. ¿Qué tienes tú, para apostar?

            --¿Qué tienes tú? – Replicó la zurda con descarada soltura.

            --Tengo todo, sin embargo, no creo que tengas nada que apostar. – Le contestó el hombre sin abandonar su sobriedad.

            --Te equivocas, tengo más de lo que imaginas, Incluso te puedo poner como objeto de la apuesta misma. Tú no puedes apostarte a ti, sin embargo, yo te puedo apostar como puedo apostarme a mí misma como mano, pero si quieres podemos empezar apostando poco, algo así como un dedito. ¿Qué te parece?

El hombre sonrió y pasando el cabo de su machete a la izquierda se prestó a amolar la hoja del mismo que ya de por si lucía un destellante filo.

--Amuela bien, para que no duela donde cortes.

--Definitivamente y recuerda que nunca fallo. Siempre corto por donde quiero y lo que quiero del primer zarpazo.

--Gracias a mí que te asisto.

--Puedo utilizar el machete y cortar sin tu asistencia.

--¡Ja! Eres un presumido y acabas de pronunciar efectivamente las palabras que te harán perder la apuesta. Estás hecho de palabras, pero no las ordenas siempre adecuadamente.

--¿Qué sabes tú? Eres nada más que una simple mano. De palabras se yo. -- Le dijo irritado el hombre y mientras alzaba el machete para azotar el caparazón externo del coco se dirigió nuevamente a la mano.

--Sostén bien el coco pues si te apuesto que daré el corte preciso para estar listo a tomarme el agua.

--Vas a fallar, tonto.

--¿Apuestas cual dedo?

--Te apuesto la mano entera, pero si fallas, decidiré que parte de ti has de cercenar.

--Trato hecho. – Y lanzando el hombre, el machete con todo furor hacia la última mecha de coco que quedaba por mondar, la mano mañosa, abrió sus dedos dejando sin balance la fruta que rodó, de tal manera que el machete filoso siguió viaje hacia el suelo no sin antes llevarse el pie izquierdo del hombre que dio un grito de profundo dolor.

--¡Perdiste y por partida doble! – Se apresuró a decir la mano sin validar dolor alguno en el hombre.

El hombre, en total rebelión volvió a levantar el machete y con mayor ímpetu la emprendió contra la mano que oronda celebraba su triunfo y la cercenó desde la muñeca misma. Entonces, el hombre manco, cojo y abatido, procuró sentarse sobre el tronco de una ceiba, olvidándose del agua de coco que tanto apeteció tomarse y distrajo su mirada hacia el nuevo horizonte que parecía yermo. 

--¡Al fin solos! Ella perdió la apuesta conmigo, no te preocupes. – Por fin la diestra que había permanecido muda todo este tiempo, reveló al hombre con su expresión quien había originado aquella descabellada apuesta.

El hombre amargado, la ignoró y pensó que había terminado siendo víctima y prisionero no de la zurda, pero de la derecha y volviendo de lo profundo de sus pensamientos, saboreaba la dulzura del agua y la felicidad de sus fantasías literarias. Se dijo que cuando regresara la electricidad, escribiría este cuento de las manos apostadoras.

Epílogo

Todavía, sin embargo, reflexionaba el hombre en posibles finales para el cuento y en cuantas partes habría de cercenar su propio cuerpo a partir de la infinidad de posibles apuestas, sobre el final que merecía aquella fantasía surgida en la faena de obtener el agua del coco. Imaginó cortes sin fin, hasta quedar la mano sola empuñando el machete sin tener nada más que cortar, triunfadora mano derecha u hombre sin mano y sin nada, alternando así títulos sin fin dentro de las probabilidades de cercenamientos. Bastó entonces cuando pudo, bajar al pueblo para hacer la consabida fila, preámbulo de la nueva rutina post huracán y requisito para entrar a comprar los limitados productos que en el mercado tenían disponibles debido a la crisis.  La línea se veía insufrible y sin remedio, sólo se remediaba con ver que seguían llegando otros para hacerle uno más entre los muchos que esperaban en fila para entrar al supermercado que con el huracán se había convertido en un simple mercadito. Un hombre de mediana estatura y tez curtida por la dureza de una vida que en apariencia había llevado, le hizo siguiente en turno arrebatándole así el último puesto que nadie quiere. Era aquel de tosco hablar y de miserias las anécdotas que tenia de su vida. Sin prestar mucha atención a lo que el otro narraba, el hombre en la fila distrajo sus pensamientos quedando a forma de fuego cruzado entre conversación entablada por aquel otro último y la mujer que frente al hombre estaba en turno. Mas distraído no estaba el hombre a tal grado para ignorar lo que produjo el final de este cuento:

…--Yo dejé la bebida. Ya no bebo, porque cuando yo bebía me daba mucho coraje conmigo, me peleaba conmigo mismo y me cortaba pedazos. – Entonces el hombre miró con incredulidad y asombro la realidad de un pasado terrible de aquel otro que le mostraba a la mujer de enfrente, su mano izquierda cercenada en sus dedos y su pecho desfigurado por cortes que en otro tiempo se había hecho aquel hombre, no pelando un coco, pero peleando contra si mismo.

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