Monday, February 22, 2021

Concho

  


Al clarear del día, patrulleros de todos los contornos del pueblo, así como la unidad de bomberos llegaron ante las incesantes llamadas de la gente histérica que reportó haber visto todo el cementerio de Peñalosa, encendido en llamas. Con gran asombro todos se miraron entre sí cuestionándose qué rayos pudo haber pasado pues prácticamente todo el sector urbano había reportado haber visto un gran incendio y hasta escuchado los gritos que salían de entre las llamas. El jefe de la policía, el comandante Cipriano Ciruelas, era uno que desde la calle opuesta a la entrada al cementerio había visto el resplandor de las llamas. Sorprendentemente el camposanto estaba intacto por lo cual procuraron la presencia inmediata de la persona a cargo del lugar fúnebre.

–Allá viene. – Le dijo el sargento Severino Polaina al jefe que le urgía la presencia del cuidador del cementerio.

Concho Frías, con aliento a alcohol desde temprano, lo disimulaba con otro de los tufos que cargaba en su humanidad, aquel de formol que impregnaba su vestimenta severamente desliñada. A veces pensaba que era un embalsamado en vida. Pero no, todos sabemos que se trataba del enterrador del pueblo, del guarda del cementerio, del chófer de la carroza fúnebre y del remendador de situaciones y de lo que se le encargara por parte Don Cipriano Peñalosa que era el dueño de la mitad del pueblo y por supuesto de la funeraria y del cementerio, reducto último material de los que en vida se creyeron dueños de algo. Estaba dispuesto a todo, pero sin disposición ninguna por cuenta propia que no fuera generar ingresos para el sustento de su familia y su adicción al alcohol que era como podía sobrellevar aquella fetidez de cadáver que siempre le inundaba su existencia. Maltrecho con su cabello desgreñado, las patas de gallina alrededor de sus ojos marcándole profundidades prematuras al rostro de mediana edad, sin llegar a tomar café por la urgencia tuvo que empezar a contestar preguntas de la policía y los bomberos según mejor podía para su estado.

–Disculpe que lo haya hecho esperar. Tuve que llevar a mis hijas a la escuela.

–¿En el coche fúnebre?

–Pues claro. ¿En qué más? No sabe el bullicio y la alegría de toda la escuela cuando ellas llegan.

–Me imagino. Como en la televisión; ¿verdad? Pero, vamos a lo que vinimos.

–Pues yo vine porque me dijeron que usted me mandó a buscar.

–No se haga el gracioso que no estoy para chistes. ¿Qué sabe del fuego?

–¿Qué fuego?

–Se está haciendo o ignora del escandalo que formó la gente en el pueblo esta madrugada gritando que se le quemaban los muertos.

–Ah; esa era mi esposa gritándome esta mañana que se me quemaban los huevos que había puesto a freír.

–Otro chistecito y lo arresto por obstrucción a la justicia. ¡No sea charlatán!

–Está bien, está bien, pero como yo no veo que se haya quemado nada no sé por qué tanta alarma.

–Mire, la alarma es que no puede ser que todo un pueblo haya alucinado un fuego aquí en el cementerio y usted que prácticamente habita este lugar ni cuenta se haya dado y todavía bromea sin querer darse por enterado.  

–Si usted me da un segundo, rápido le traigo un libro que tengo en la carroza fúnebre que puede explicar el fenómeno.

Entonces regresando de la vieja limosina funeraria, en sus manos terrosas sostenía un libraco que fue abriendo según caminaba para ir a darle una cátedra presuntuosa al jefe policial para que no se confundiera con aquella apariencia suya pues el tipo tan inculto no lo era.

–Mira Cipriano…

–¡Joderse contigo! ¡Comandante! ¡Capitán! ¿Cuál es la confianza?

–Que te doblo la edad, te conozco desde la cuna y que enterré a tu madre…Pero no nos distraigamos. Mira estas imágenes. Son los fuegos fatuos.

El comandante haciéndose que sabía de lo que se trataba asumió de inmediato una postura aún más sobria y le dijo que era eso lo que se imaginaba había pasado. Concho lo miró con el reojo que observan los reptiles, sonrió y cerró el libro.

–Mire capitán, este cementerio es muy antiguo, con el paso del tiempo la acumulación de los minerales que por descomposición de los cadáveres ha aumentado a tal grado que contribuye a fenómenos que parecerían sobrenaturales, pero por el contrario es muy natural observarse el tipo de fenómeno que esta madrugada observó el pueblo.

–Parece que es tiempo de que se busque un nuevo lugar para un nuevo cementerio.

–Mejor digamos que los cementerios son innecesarios.

–¿Ah sí? ¿Y de qué usted va a vivir?

–¿Y quién le dijo que yo vivo con esta peste a muerto que cargo encima?

Sin esperar respuesta se fue al panteón donde había encerrado al melancólico que anoche profanó la tumba de ella.

Copyright © augustopoderes14 de enero de 2021

Tumbao

  




–¿Entonces te gusta profanar tumbas?

–Mhmhm

–¿Qué?

–Mhmhm

–Ya sé, estás amordazado y por supuesto que no te voy a desatar.

–frgrij.

–Bonito sonido. Me recuerdas al lagarto de la película que hablaba una lengua extraña entre resoplidos. ¿Enemigo mío se titulaba?

El aprehendido no deja de observarle con ojos extraviados en el terror suplicante de que lo suelte que no habrá de denunciarlo.

–Esa mirada de terror que tienes, la he visto tantas veces. Es mi mejor alimento, no necesito de tus palabras.

Golpeando con los zapatos enfangados el suelo donde yace amarrado desde la noche antes cuando fue sorprendido en la fantasía de su romance con su difunta esposa, gruñe nuevamente.

–No te exasperes. No puedo quitarte la mordaza, aunque quisiera.

Le mira con odio por primera vez, con ganas de asesinarle y lanza un gruñido sordo sin el efecto acústico deseado.

–La acústica aquí no es la mejor para que grites y me empeores el maldito tinitus que me está volviendo loco. Mucho menos para dejar que te escuchen. Eso es de mi exclusividad ahora. Soy tu audiencia y tú eres la mía. No tienes idea lo que es mi vida en este cementerio de mierda.

Le mira de momento reflexivo, con un dejo de compasión por el mugriento enterrador que era el orgullo del pueblo por mantener el camposanto pleno de cipreses y variada flora como un verdadero jardín del último reposo. Mantenía tumbas y panteones todas nítidas, pintadas del blanco brilloso que resplandecía hiriendo retinas en días soleados. Las gafas obscuras eran allí necesarias, más para protegerse del resplandor que para ocultar ojos lloros de dolientes en las despedidas de sus repentinamente tan queridos muertos.

–Mira, pelota de cabrón, después que yo me jodo manteniendo este cementerio al lugar de ser considerado el más hermoso del país; ¿tú vienes a profanarlo y enfangar tumbas?

Mirándole directamente a los ojos.

–Me importa un carajo que era tu difunta esposa la que estabas visitando.

La mirada cambia.

–Hablas muy bien con mirada o gestos o quizás ya he desarrollado la telepatía de tanto hablar con los muertos, muertas, muertes, muertis, o muertus… Qué se yo; porque ahora es esa la puñetera moda. Como si las calaveras que son todas iguales tuviéramos que diferenciarlas de los que fueran calaveros. ¿Cuándo has visto a una calavera que le cuelguen los cojones para diferenciarlas?

Cierra los ojos y se ríe casi sollozando.

–Búrlate; ¡hijoeputa! De seguro que eres de esa gente engreída, académicos, intelectuales, inútiles de aire acondicionado que les sobra tanto que se han puesto a joder en que hay que ser de una manera tan supuestamente inclusiva que el lenguaje que nos trajo a ver la luz de este día hay que modificarlo pues todo había sido una maldita construcción.

Con ademán de cabeza hacia los hombros le deja saber por donde se pasaba lo que acababa de escuchar.

–Díselo al que se está muriendo de hambre que no es lo mismo carne de pollo que de polla o de vaca que de buey. El hambriento poco o nada le importa si eran todas, todos, todes o lo que sea lo que había en la granja que nunca le llegó a su plato, aunque le sobró en la mesa del que discutía tanta sandez bizantina. Ahí te tiré otra palabra fina.

Una risa histérica se ha apoderado del tumbado que yace, amordazado y amarrado de pies y manos.   

–¡Construcción a mí! A mí que les construyo las últimas moradas para sus reductos mortales, yo también se usar palabras finas. ¡Pendejo!

Mirándole con cara de qué rayos te pasa a ti, canto de loco.

–No me mires así. Eso me molesta que insinúen siquiera que estoy loco.

Entonces, el prisionero de aquel panteón cierra los ojos y suspira.

–Ya vas comprendiendo. Vivo para los muertos, particularmente para los más adinerados o que fueron, esos son los que más taller me dan.

Entonces por su mente pasa la tumba de su difunta esposa que era una sencilla, sin lujos, ni siquiera nicho para adornarle con flores y/o estatuillas.

–Exactamente como lo estás pensando, miserable. Tanta nostalgia y tanta cursilería y ni siquiera te molestaste en costearle alguna tumba decente para su reposo postrero.

Una mirada hacia adentro le revuelca la culpa.

–Yo, sin embargo, le pintaba siempre que podía su tumba con la pintura que me sobraba de otros panteones. Le recogía flores de los tiestos ajenos y le hacía su propio ramo y venía y le hablaba y le escuchaba todos sus silencios de muerta abandonada.

Le mira sorprendido, impresionado.

–Por las noches, le veía flotar y vagar hacia tu residencia. Luego contagiada de tu melancolía regresaba a ponerse a hablar con su vecina. Sí, ya sabía de ti y de sus fugas. Sabía que un día, vendrías a buscarla.

Copyright © augustopoderes17 de enero de 2021


Saturday, February 20, 2021

Josefina

 


Josefina

En las noches de luna llena en el viejo cementerio de Peñalosa sobre la copa de un almácigo, se posaba una vieja lechuza a ulular terribles risotadas al plenilunio. La carcajada era tan horrenda que hasta algunas ánimas de las recién llegadas se espantaban al extremo aún mayor de lo que fue su primer pánico al saberse fantasmas por vez primera. Los ojos de un brillo de un amarillo maligno giraban sobre cada sombra del inmenso árbol que la luna reflejaba sobre las moradas mortuorias de mármol y granito. Los ángeles en el silencio asfixiante de sus posturas de piedra parecían que le esquivaban mirando con pena las tumbas de las pobres almas que no despegaban. El pajarraco como si no le importara repetía su carcajada hasta que levantaba en misterioso revoloteo el vuelo y planeaba siniestramente sobre el cambo santo para hacer flotar su sombra en cruz de pájaro nocturno marcando y demarcando aquel territorio de almas sin tránsito.

A veces, retando al celoso guardián del cementerio, se posaba sobre una de las tumbas del más reluciente mármol para dejarle perturbadores rastros de un excremento amarillento como aquellos que siempre en los campos atribuyeron a las horribles brujas. No osaba sin embargo aquella caprichosa ave de la noche, posarse sobre la tumba o sus predios de la fantasma más quieta de todas las que allí con morían.   

Era Josefina Valdivieso que después que la enterraron allá para 1868, regresó de la luz que la había casi rescatado de este mundo, pero por un apego a los bancos que ella acostumbraba a sentarse, retornó sin haber encarnado a donde habían puesto sus restos mortales. Se trataba de una tumba que además de antigua, era muy particular, toda de mármol con una gran tarja que contaba su leyenda y justificaba el por qué al pie de esta le habían fabricado en granito una banqueta como recuerdo de lo que en vida fue su pasatiempo de anciana a la deriva en la vida. La lechuza la miraba y gritaba con mayor estridencia aquel chillido de otro mundo. Josefina quien en vida había aprendido a ser fantasma que nada le inmutaba, descontroló el quehacer de aquel pájaro que parecía tenía conciencia al estilo de los humanos de lo que hacía. Mas su intención podrida en aquel revuelo del pajarraco que cada noche de luna llena formaba para asustar a las ánimas y al mismo sepulturero, no le funcionaba. Josefina tenía la intención como fantasma, esperar hasta que enterraran hasta el último de los Portentos, pero ¿qué iba a saber Concho de Los Portentos?

            Josefina, como en vida, seguía sentada de fantasma en vilo y eso a Concho lo enloquecía. Sentía que la paz de aquella fantasma arrepentida de la luz que se la llevaría a la lejanía de los cielos, le perturbaba su alma aún encarnada y tan inyectada de ego que le hacían creer que él era el rey todopoderoso en el cementerio de ánimas y vivos. Entonces, ante aquella impasividad de fantasma aprendida en vida, entre Concho y el avechucho formaron una alianza implícita para enfrentar aquella quietud infinita de espectro en paz que ninguna otra ánima jamás había tenido. Reflexionaba en su febril mente, el enterrador del pueblo que aquella debía ser una santa que renunció al cielo, o a manera de anagrama, no era una santa sino el mismo satán que había decidido mudarse a Peñalosa y pasar allí en el campo entonces imposible santo, a joderle con su presencia las noches y peor aún a retarle en su megalomanía de tener poder sobre vivos y muertos. ¡Pues claro, Concho! Se decía. ¿A quién más sino al mismísimo satán se le podría ocurrir retarle en sus dominios? Precisamente, esa era su especialidad, retar al más poderoso, declararle el reino alterno. Ya lo había hecho con Dios y por eso lo expulsaron como bolsa de excremento. ¡Pero Concho, no te pongas vulgar en estas reflexiones profundas! Y se decidió a expulsar con espanto a Josefina u al diablo.    

Como abogados que se convierten en sus clientes, como se ha dicho por los filósofos que el mayor peligro es convertirse en el monstruo contra el cual se lucha, así una noche Concho el sepulturero comenzó a ser zombi, cocinando y comiendo, carne de las tumbas. De ello hubiera podido dar fe aquel melancólico que el sepulturero mantuvo por cierto tiempo como su prisionero en un panteón sin moradores, sin familia, vacío en absoluto olvido.

            Garcilaso, que era como nombró el mismo Concho a su secuestrado, se asomó por el nicho de aquel panteón que le servía de prisión y vio a su carcelero en cuclillas, cómo masticaba la carne de un muerto reciente que en una fogata frente al espectro de Josefina en su banqueta iba cada noche cocinando en partes.

Copyright © augustopoderes19 de febrero de 2021

Saturday, February 13, 2021

Comisión

Cuando llegó la noche, el terror se hizo en él. Se cumplirían las primeras veinticuatros horas de ausencia del mundo de los vivos que sin aún haber formalmente abandonado ya muchos le daban como un verdadero muerto.

–¿Ves aquella tumba?

Su respuesta fue silencio. Entonces Concho le empujó para que avanzara.

–Muévete cabrón.

Forcejearon, pero el viejo sepulturero tenía sus destrezas afinadas en aquel lugar cual si fuera su medio natural como dice el refrán de pez en el agua. Su prisionero, que seguía atado de manos, aunque ya no amordazado, no le quedó remedio que dirigirse a la tumba que le iba resplandeciendo más a medida que se acercaban.

–¿Ves ese fulgor? Está a punto de salir a dar su ronda. Todas las noches la misma mierda.

Ya sentados sobre la tumba sentían desde abajo de sus cuerpos un resplandor que les dibujaba en la noche como ánimas de último momento añadidas al conjunto de siluetas nocturnales del cementerio.  Así entre medio de ellos se elevó desde la fosa el espectro de quien según la lápida fue en vida Nihiliberto Moctezuma Barrientos; 1910-2010 quien se sentó en medio de ellos a mirar para lejos.

–No te preocupes, ni te asustes. Como ves es un fantasma silencioso. Lo conozco desde antes de empezar a trabajar en este cementerio.

Ni el espectro de Nilihiberto hablaba y muchos menos él que seguía en silencio.

–Tú no tienes idea de lo que es joderse con fantasmas tan pendejos.

Y él como el fantasma seguía en silencio.

–Lo que me faltaba, un vivo que no quiere decir palabra como si fuera de todos el más muerto. Te voy a decir una cosa, o me contestas y hablas conmigo o ahora mismo te convierto de verdad en fantasma como a este que está entre nosotros.

Él lo ignoró, pero el espectro miró a Concho en reto de que se atreviera a darle el zarpazo al vivo silencioso.

–¿Te fijas? No habla, pero jode. Así es todas las noches. Me sigue a todas partes, se aparece y desaparece jugando a escondidas, luego se sienta conmigo como para conversar, pero nunca suelta palabra. Así se la pasa hasta que dan las tres de la mañana cuando decide visitar la funeraria a escoger entre los ataúdes uno que le guste para hacerse el recién difunto a la espera de que lo velen, le celebren funeral y lo entierren. Ya cuando los gallos cantan a las cinco de la madrugada regresa al portón del cementerio a esperar que le abra como en olvido de que es fantasma. Le abro para que no se decepcione y sienta esa triste ilusión, pasa, se sienta frente a mí a observarme cómo tomo café para seguir mi eterno insomnio hasta que se esfuma antes de salir el sol. Lleva así desde la primera noche.

–¿Y por qué no habla?

Concho sorprendido le miró a la vez que escuchó del espectro decir:

–Porque no me da la puta gana.

–¡Al fin te decides a hablar viejo loco!

–¡Al fin te decides a escuchar! – Le contestó el muerto.

Y entonces entre Concho y el espectro después de tantos años de resentimientos mutuos al fin se dio un dialogo. Mientras, el vivo melancólico y prisionero permaneció entre ellos sentado mirando el tintinear de las estrellas.

–¿Qué quieres decir?

–¿Qué quieres decir; qué quieres decir? – Se burló el espectro turnando su ilusión espectral entre fantasma de blanco transluciente a esqueleto fluorescente que llamó más la atención al sepulturero.

–Que, si te hablé alguna vez, no me escuchaste. Entonces; ¿para qué hablarle a un ser que no escucha ni a vivos ni a muertos?  Vives un monólogo, Concho, eres un engreído sumido en lecturas antiguas sabes de todo, erudito en cosas que ya pasaron, que no tienen sentido.

–¡Tanto que he leído, sin educación formal! cuanto me he cultivado para seguir…

–¡Para seguir comiendo mierda! ¡Ya nadie lee historia universal mamao! Concho, a nadie le importa los detalles de tantas cosas que te has imbuido sin ganarte otro título que el de sepulturero del pueblo.

–Quizás tengas razón; soy una tumba de conocimiento en desuso.

–No te apures ya te enterrarán un día junto con todo ese bagaje que alegas cargar.

–¡Me ofendes!

Y como dicen los jóvenes de este siglo, Nilihilberto le contestó con esa tremendísima pregunta de la existencia absurda de aquel momento.

–¿En serio?

Y a Concho le salió un inglés muy perfecto.

–¡Fuck you!

El fantasma no pudo contener las risotadas que de repente despertaron a medio cementerio. El melancólico cautivo también sonrió.

–No fue mi culpa. Hubiera muerto feliz a los ochenta. Retrasaron tu comisión de sepulturero los que me mantuvieron inserviblemente con vida y perdí de este mundo mi salida. ¿Estás molesto Concho?

–Sí, con quienes por otra comisión no te dejaron morir a tiempo.

augusto poderes Copyright © 2021

Friday, October 23, 2020

Agua

A casa de Zenaida, Peluca con un fuerte ataque de sinusitis de los que le hacía perder el olfato, fue un día y su vida cambió para siempre. El papá de Zenaida era ejecutivo de cementerio. Se le conocía por su apodo y apellido que eran Concho Frías. Pero como ejecutivo fúnebre en un pueblo pequeño y supersticioso no le alcanzaba para conseguir ayuda ni al mejor jornal. De este modo no le quedaba alternativa que ejecutar desde sepulturero, embalsamador, recepcionista y chofer fúnebre. Llegaba a su casa siempre con un fuerte hedor a muerto que lo perseguía a todas partes y por más que se bañara o perfumara aquel rastro odorífico de su oficio le seguía hasta la cama donde a su esposa no le quedaba remedio que satisfacerle en sus ansias mundanas que el pobre diablo no entendía debía ser a un compartir de cincuenta por ciento. La inundaba de aquel hedor mientras solo él se complacía como un cadáver putrefacto que había olvidado estrujarse en sus últimos deseos libidinosos.  

–¡Concho, perfúmate! – Le recriminaba su esposa que se llamaba María Elena De la Fosa Tirado y a quien tan solo llamaban y conocían como Mayita. Nunca nadie supo de donde le vino el apodo, distinto a Peluca que de verdad se llamaba Jacinta Colonia Rosa, pero por un incidente desafortunado que tuvo un día, se le apodó Peluca y así se quedó sin que se le llamara más por su nombre o por su mismo apellido Colonia. Así que para efectos de esta historia bástenos referirnos a ella como Peluca.

Respecto a Mayita, ésta se encontraba muy agobiada en un hastío que lindaba entre la resignación y la creatividad, porque a pesar de todo, su sepulturero esposo, cuyo nombre real sin mote era Pantaleón, muy rimado con eso de panteón era buena habichuela y había ya una prole muy pretenciosa que había que terminar de criar y echar hacia adelante. Con la aportación genética de Mayita aquella familia parecía muy blanca y sin tener la cultura suficiente para colarse entre la elite del pueblito, hacían todos los esfuerzos para lograrlo. Peluca, quien era hija de un agricultor de mediana producción con tierras que le permitían ser patrono y gallo de barrio entre las doñas y las doncellas, precisamente tenía lo que aquellos Frías De la Fosa no tenían, eso que llaman porte.

–Tienes que hacer algo con esa peste o no duermo más contigo. Si quieres me puedes coger cuando lo desees siempre y cuando me permitas pincharme la nariz con algo y durmamos en camas y cuartos separados.

–No creo. Tiene que haber un remedio. A nadie más le ha pasado en la funeraria.

–Pues claro. Eres el único empleado permanente. Nadie dura trabajando para esa funeraria más de dos semanas y tú llevas la vida entera.

–Dame una última oportunidad, creo que tengo el remedio.

–Seguro, me imagino como los demás que has traído de la funeraria.

–Este no fallará. Mi madrina me lo ha garantizado.

No sabemos a qué madrina se refería Pantaleón (Concho) Frías, pero a los dos días de regreso de su trabajo mortuorio, cargaba un galón asido a la oreja de cristal como los que se usan para guardar agua ardiente. El mismo estaba hasta el tope y de inmediato sospechó Mayita que fuera, en el mejor de los casos, un galón de querosén para la estufa del patio o como peor desdicha, lo impensable, ron silvestre de ese que llaman pitorro que enajenaría aún más a su ya alcoholizado esposo.

–Pues ni cosa ni la otra. Esta es agua que madrina me preparó para quitarnos la peste.

 –Para quitártela querrás decir. Aquí el único hediondo eres tú.

–Es una receta de madrina y me dice que la tenemos que tomar todos.

–Tú y tu madrina, hasta ahora no han pegado una.

–Toma, ponla en la nevera que nos la tenemos que tomar bien fría.

–Y dale con que nos la tenemos que tomar.

–Pues sí, porque así nos libraremos todos de la peste que yo cargo por mi trabajo y ustedes de tener que olerla.

A Mayita le pareció lógico y si le curaba el alcoholismo que por razón de aquella peste se había apoderado de Concho, pues mejor. Se mataban dos pájaros de un tiro. Llevó el galón de agua a la nevera y lo dejó allí enfriando para servirlo en la cena cuando todo el mundo estuviera en la casa.

Ese día fue que precisamente Peluca había ido a visitar a Zenaida que eran las mejores amigas desde la secundaria. Aprovechaba Zenaida y todos sus hermanos cada visita de Peluca, para que esta les ayudara con sus asignaturas pues resultaba ella ser una joven muy sobresaliente a nivel académico. Hecha las asignaciones de cada uno y la suya propia con Zenaida, llegaron a la mesa comedor que allí mismo había en la sala. Como siempre, estaban dispuestos una serie de vasos de velas que Concho traía de la funeraria y se prendían uno por cada persona en la morada.

–¿Y la vela de Peluca? – Preguntó Zenaida. Concho y Mayita se miraron y refunfuñando esta ultima se levantó y fue a buscar el sirio que la madrina le había indicado encendiera para cuando cenaran y tomaran del agua aquella.

–Aquí tienes, esta es la tuya. Es la que quedaba. No irás a protestar, es una vela para una prietita linda como tú. 

Efectivamente, no es que fuera para gente negra pero la vela que le tocó prender a Peluca fue un sirio negro. Peluca sintió un gran temor y algo en su interior le reclamaba que no la prendiera, que saliera de allí corriendo, pero no se atrevió contrariar.

–Préndela tú misma.

Y la prendió. Entonces todos se rieron unos con otros, cantaron y comenzaron a comer y a bajar aquel fricasé servido con arroz blanco y viandas, con el agua friísima del galón hasta que ya no quedó nada por beber o por comer. A la sazón todos a una vez levantaron la vista como si mientras hubiesen estado cenando se hubieran olvidado de la existencia de unos y otros. Quedaba en la atmósfera sobre la mesa el aroma de especies y vino típicos del guiso aquel de carnes y a la vez que se miraban entre todos, incluyendo a Peluca comenzaron a celebrar que ya no apestaba a muerto en la casa, ni en la mesa, ni en la ropa, ni en la persona de aquel sepulturero que capitaneaba allí el comedor. Miraron entonces con pena a Peluca y le dijeron que ya estaba de noche que mejor se fuera a su casa y no esperara a que ya no hubiera transporte. Peluca les sonrió y les dio las gracias.

–¡Se me quitó la sinusitis! ¡Puedo respirar, puedo oler! ¡Qué rico huele!

Entonces se fue a la parada de autobuses. Estaba por salir el último de esa noche. Iba feliz, pensando en la suerte de tener aquella amiga que se llamaba Zenaida. Le encantaba como en el autobús todas las luces prendían adentro sintiéndose como si viajara en el interior de una luciérnaga que la regresaba a casa. Sentada en la parte trasera, aprovechó para abrir un libro y leer. En casa de Zenaida ya se recogían, lavaban trastos y preparaban las respectivas camas.

–¿Entonces?

–No tenemos que dormir separados. Por fin tu madrina hizo lo que tenía que hacer.

–No fue culpa de ella. Tuvimos que esperar mucho por el muerto adecuado.

–Y bañarlo bien.

–Sí. Tenía que ser agua de muerto, pero no de cualquier muerto. No todos los días muere y nos llega a las manos el cuerpo de un apestado.

Sonrieron y yacieron juntos, sin protestas y el único Concho que se escuchó de la boca de Mayita era uno de sensualidad inaugurada, se estrenaba esa noche en gemidos y pasiones que el apestado dejó pendientes en vida.

En tanto, Peluca, llegaba a su casa y de entrada comenzó a sentir esos olores raros como cuando llueve en los cementerios y se lavan tanto las tumbas que el olor de huesos se levanta espeso en el aire.

Ya adentro de la morada paterna le olían todos, padre, madrastra hermanos y hermanas a muertos putrefactos.

augustopoderes Copyright © 2020

Wednesday, July 15, 2020

Don Sapo


Cada vez que veo al licenciado Gonzalo González González en una esquina de los pasillos del palacio de mármol de la justicia criolla, me arrimo lentamente para escuchar una de sus anécdotas difíciles de creer, pero divertidas. Mientras se encuentra en los predios de las cortes, es la persona más asequible, no así en el mundo ordinario en el cual todos vestimos a cuerpo de camisa (yo siempre, porque soy el conserje). Por eso cuando lo veo en su acostumbrada pose huraña de hombre amargado y solitario en las barras, ni me le acerco para no sentir el rechazo de su desaire por nunca enterarse ni importarle recordar quién rayos lo saluda.  Es como si tuviera otra personalidad y viviera en otro mundo paralelo al suyo de abogado que es de donde le conozco mejor.  Este que conozco del tribunal es tan distinto, muy dispuesto a la cháchara pasillera entre sus colegas que se develan historias y hasta secretos como si nadie más los escuchara.  Mas si algo tienen esas paredes frías de mármol pulido, son oídos y ojos que lo captan todo y cuando menos te lo imaginas el juez ante el cual llevas un caso, se ha enterado por obra y milagro a través de un colega de esos que son como moluscos sin espina, y que como lapas se adhieren camuflajeados a tales conversaciones.
Puse mi mano sobre la frente, por el irremediable asombro ante la fatalidad ingenua de nuestro amigo, Gonzalo (y digo nuestro) pues también ustedes, sé que le han ido tomando cierta afección. Así que me le acerco poco a poco para advertirle que, frente a aquella sala, la 613, no desbocara cerreramente y sin filtro como acostumbra en la más absoluta ingenuidad sus más recientes experiencias. Sin embargo, ya era muy tarde, se habían conglomerado a su alrededor unos tres de sus colegas que de tan obesos hacían cortina y me fue imposible susurrarle mientras pasaba el estropajo disimuladamente, de que tuviera cuidado con lo que iba a decir precisamente frente a aquella sala de un juez con nombre paradójico de poeta iluminado. Tal circunstancia era como para golpearme doble o triplemente en la frente. 
Tarde al fin para evitarle aquel nuevo naufragio a Gonzalo no me quedó remedio que escuchar el relato en el cual irremediablemente se había embarcado.   
–Pues ustedes saben que tengo un hermano gemelo que no se conforma con sus líos para él solito, sino que le encanta compartirlos conmigo. ¿Verdad Bombanes?
–Recuerdo que le regalaste un carro aquí en este mismo pasillo le entregaste la llave frente a mí. –Le confirmó el Lcdo. Bombanes quien era uno de los presentes.
–¡Exacto! ¿Y tú sabes lo que hizo ese cabrón?
–A ver. –Dijo goloso por la información el Lcdo. Alan Brito, que de todos era el menos de fiar por resbaloso, chismoso y congraciador con quien repartiera el bacalao de turno.
Inocentemente Gonzalo prosiguió y contó que su hermano, quien se encontraba en un serio aprieto de reclamo de una pensión por alimentos, le había pedio de favor, ya que no podía llevarle el caso, que le conectara con una colega que lo representara. Gonzalo entonces, por aquello de no escuchar más los ruegos de su hermano le habló de una abogada que constantemente le había estado pidiendo que la invitara a comer al Restaurante Trilli Peppers, muy famoso y en boga para aquellos tiempos.
Resulta que Gonzalo, por lo aburrido que le resultaba permanecer en su oficina, atendía la misma desde la barra de aquel restaurante mientras deleitaba gustos cerveceros entre platos al gusto del lejano suroeste americano.  Única forma que había tenido este aguzado de conocer las lejanías allende los mares pues nunca en su vida había cogido vuelo que no fuera para visitar las islitas municipales de Vieques y Culebra.
–Concerté la cita con la licenciada Marbello, aprovechando que tenemos que discutir un caso. Así le pediré el favor de que lleve el tuyo. – Le dio la buena nueva un día a su hermano.
–Métele mano, pa’que me salga de gratis. – Le contestó aquel bribón a Gonzalo.
–Sí claro, no es a ti que te van a dejar calvo mientras duermes.
El fraterno personaje, se echó a reír y se fue dejándole a su no tan agradecido hermano, la tarea de aquel favor.  Gonzalo buscaría entonces, la forma de sobrellevar aquella cita de negocios y socialización sin que le comprometiera mucho su presencia en Trilli Peppers con aquella colega que le había insistido tanto en el auto convite. No eran para menos sus precauciones y debido recato, ya que se sospechaba de las intenciones de cazarlo de su colega.  Peor aún, temía de los celos extremos de su compañera sentimental para aquellos tiempos que era la peluquera de las jóvenes de la zona.  Muchas de ellas por ser estudiantes universitarias, trabajaban turnos parciales en Trilli Peppers. Pero como era para Trilli Peppers que la licenciada Marbello quería que la invitara, decidió Gonzalo que sería lunes a las once de la mañana cuando abría el local al público y no era muy concurrido por ser comienzo de semana y tan temprano en el día. Calculaba que la reunión no duraría más de una hora y al mediodía cuando empezara a llegar más gente él fuera saliendo del local.
Llegó entonces el lunes no tan ansiado por Gonzalo y allí a la hora exacta como acordado se encontró con la distinguida colega, que es así como se llaman entre abogados sean o no distinguidos y sabe Dios qué cosas los pueda distinguir entre ellos.
–¡Gonzalo! Por fin me invitaste a Trilli Peppers. Estoy en el estacionamiento. –Le anunció ella a través de su móvil.
–Hola, hola. Entra estoy esperándote en una mesa que adelanté nos separaran para evitar el bullicio.
Efectivamente, Gonzalo la esperaba con expediente sobre la mesa para discutir el caso que tenían pendientes y de paso hablarle a ella del hermano y su precariedad económica. Ella quiso primero socializar antes de entrar en detalles del caso y cuando llegó la mesera con un rostro recriminador le pidió que le trajera una copa de vino blanco, que de comer no quería nada por el momento. Gonzalo se sorprendió y le siguió la corriente, pero ya sabemos que él no es tan fino como para pedir vino blanco a esa hora y en su lugar rogó suplicante de una sonrisa a la joven que les atendía, que le trajera una lagarta que era como le llamaba a veces a su cerveza favorita.
–Aquí no servimos lagartas.
–Me refiero a la cerveza de la botella verde, aquí saben que les digo lagartas.
–Ah, ok. ¿Algo más?
–Sí, una sopa de papa y una orden de alitas como aperitivo. – Le sonrió a la mesera quien no demudó su rostro de te estoy vigilando.
            La joven no tardó en regresar a la mesa en la que estaban reunidos aquellos dos jurisconsultos, (también se les puede tratar elegantemente a los abogados con tales adjetivos y hasta decirles letrados). Dispuso para cada cual lo ordenado y no dejó de escuchar de lo que conversaban abogada y abogado mientras ella les servía.
–Hablamos después del caso, guarda ese expediente. Cuéntame más de ti de esa firma curiosa en tus mociones.
Gonzalo esperó a que la mesera terminara de servir y expresara la consabida letanía del servicio y las disposiciones para lo que se les antojara. Muy agradecido Gonzalo le dijo que por ahora todo estaba bien y una vez se fue alejando aquella chica sin sonrisa, retornó al dialogo con la compañera abogada que es otro término que entre ellos (los abogados), utilizan llamándose compañeros y compañeras, aunque se odien a muerte.
–¿La g? Soy el triple G de las leyes. – Le contestó jocosamente a la colega.
¿Y cómo es eso? –Genero, Ganando y Gozando. – Y soltó su peculiar carcajada que siempre contenía entre diafragma, tráquea y dientes a piano explayado. 
–¡Ay, qué gracioso Gonzalo González! – Le ripostó ella con muy pocas ganas de reírse mientras buscaba enfocar su mirada en algún lugar que no fuera la figura de su interlocutor.
Habían hablado de todo y de cuanta cosa menos del caso que les ocupaba. Sin embargo, la licenciada quería seguir hablando, se puso emocional y hasta le contó de sus cuitas poniendo su mano sobre la de Gonzalo en el mismo momento que aquel ser tan serio se acercaba a preguntarles qué iban a ordenar. Apresurada la abogada volvió a pedir otra copa de vino blanco y Gonzalo prosiguió con sus lagartas que para él sería la cuarta. Nuevamente brindaron, mientras Gonzalo recordaba las palabras de su hermano y se reía en sus adentros porque miraba y miraba a la letrada que de frente tenía y no había manera que ella le inspirara. Pensó en aquellos dientes de su colega que mostraba al hablar y le parecieron afilados como los de una piraña.  Entonces una fantasía golondrina quizás por el efecto de la cerveza o su imaginación salvaje, le pareció que aquella señora podía producirle serias heridas que aquí no podemos comentar de aquella mente cochambrosa del amigo Gonzalo.  No obstante, este no se dejó arrastrar como ella pretendía al pantano de un tema que para Gonzalo fue siempre prohibido y ello era hablar de otras personas y más colegas que no estuvieran presentes. Pero ella insistió.
–Te digo Gonzalo, que ella es una creída, presumida... 
–No hablo de personas que no están presentes. 
–Pero yo sé que no te llevas con ella.
–Tú no sabes. Yo me llevo con todo el mundo. Allá cada cual, con su personalidad, que yo tengo la mía y se que no soy precisamente un billete de cien dólares.
–No te hagas. ¿Tú sabes que ella está saliendo con Checho el licenciado, el hermano de Chucho?
–¿En serio? De verdad que no me importa. Allá cada cual con su vida.
–Pero es casada…
–De verdad, no hablo de nadie a sus espaldas. Mejor vamos a trabajar el caso y discutamos las ofertas sobre la mesa.
Repentinamente, la licenciada Marbello se quedó en silencio y su mirada se perdió como si necesitara efectivamente sacarse algo de lo más profundo y Gonzalo se empezaba a sentir incómodo pues pensaba que quizás debió dejarla que prosiguiera con el chisme, quizás escucharla, que se sacara aquella espina que muchas personas se guardan de otras, pero sin atreverse a confrontarlas directamente.
–¿Estás bien? –Le inquirió Gonzalo mientras esta vez le pasaba su mano sobre la de ella para consolarla.  Mala pata que la mesera sigilosa como serpiente se acercara y con la sobriedad de rostro más absoluta le preguntara que si quería otra cerveza de esas que él llamaba lagartas. Turbado retiró la mano de la de su desconsolada colega y esta le dijo que regresaba con un vengo ahora para ir al baño. El vengo ahora terminó en un casi no me esperes sentado pues fue después de casi media hora, ya con el lugar abarrotado de clientes que regresó a la mesa.  Muy callada, se sentó, se notaba muy extraña.  De momento no decía nada de nada a pesar de haber estado tan parlanchina hasta queriendo decir cosas que no se dicen de otras damas.  Un poco preocupado Gonzalo la observaba en aquel rostro demudado, parecía que en el baño hubiera visto un espectro que la hubiera espantado.
–¿Estás bien?
–Ujum.
–Yo no te veo bien. ¿Dije algo impropio?
–Um Um.
Gonzalo estaba sorprendido ante aquella imagen de la compañera abogada que apenas media hora antes no paraba de hablar de su prójima abogada y de momento estaba muda, contestando las preguntas de Gonzalo onomatopéyicamente.  Incluso, le pareció ver en aquel rostro la imagen de un recuerdo que grabó en los cuentos que su madre, la de Gonzalo, le hacía de niño. Se trataba aquel cuento infantil que tanto le encantaba escuchar en su niñez de un sapo presumido que quiso colarse en una fiesta en el cielo donde cada animal que fuera debía tener dentadura. Don Sapo, que era como se llamaba aquel personaje infantil no tenía por supuesto dientes, pero como no quería perderse la fiesta se hizo unos de cera que, para su infortunio, lo primero que sirvieron en aquel agasajo celestial fue la sopa más caliente que usted se pueda imaginar.  Al primer buche de sopa hirviendo los dientes se derritieron al instante y el pobre sapo ya no se atrevió a abrir la boca para hablar. Gonzalo miraba aquella imagen y era como ver al sapo de su más feliz infancia cuando su madre le contaba y le contaba el cuento cada vez que el futuro abogado lo pedía. Y entre recuerdos de aquel sapo presumido, que estiraba sus labios para mantenerlos cerrados, así la compañera abogada de Gonzalo tenía aquellos labios finos estirados hasta casi colgar cada comisura sobre cada una de sus orejas.  Parecía como si estuviera manteniendo una sonrisa de un misterio petrificado en su rostro.  Los labios, increíblemente estirados de manera hermética como si sus dientes se hubieran derretido como le pasó al sapo, contestando las preguntas ya impertinentes del despistado abogado hasta que de súbito y para susto de madre del pobre Gonzalo expulsó a chorro la abogada por su boca el vómito más insólito que se recuerde después de aquel de la película del exorcista. Vaciada de la inmundicia que había caído al suelo se excusó la licenciada inmediatamente con un es que no había comido nada. Y era cierto allí no había comido nada, sólo se había tomado dos copas de vino, pero aquello de tener el estómago vacío a Gonzalo no le cuadraba. No habrá comido lechugas, se dijo, pero de que comió definitivamente comió y mucho, el tanque lo tenía lleno antes de llegar al restaurante según se evidenciaba en el piso.  Como dicen los abogados para impresionar, el debris de aquel accidente lo evidenciaba todo.  
            Todos en el pasillo reían a carcajadas con aquella historia inverosímil que Gonzalo no terminaba de contar.
–Hay más. – Dijo. Pero de inmediato llamaron a sala y allí tanto el alguacil como el juez se acababan de enterar de la historia contada y no ansiaba más aquel juez que llegar a su casa para reprender a su tan distinguida esposa, la licenciada Marbello, pero primero iba a disponer del caso de Gonzalo quien de momento se sentía como aquel sapo con sus dientes derritiéndosele mientras apretaba la boca por contar lo que no debía.
Llamado el caso, el juez malhumorado le ordenó a Gonzalo remover de su cabeza la gorra a la vez que los presentes estallaban en risa al ver al abogado, coquipelado según prometido por la peluquera que lo afeitó la noche de aquel mismo día cuando después de tantas lagartas, se quedó profundamente dormido.